Narrar la infancia II

La orden de los militares a los niños de  La Composición y Pequeña Revancha era inequívoca: nárrense para nosotros. Cuéntenos qué hace su familia por las noches; (d)escríbala para nosotros. Orden enmarcada en la composición como género escolar, y que institucionaliza el poder militar en el marco de la "normalidad" de una escuela. Otras narrativas de niños, sin embargo, no han tenido ni el menor atisbo de revancha  y han entrado con violencia y crueldad desmedidas al ámbito privado e íntimo de aquéllos. De nuevo, el amplio espectro de la estética realista y sus líneas transversales (desde el neorealismo hasta el híperrealismo), engloba dos de los muchos filmes que nos cuestionan sobre esas narrativas diseñadas alrededor de la violencia contra niños. Me refiero a  Alemania, Año Cero  de Roberto Rossellini (Germania, anno zero, Italia, Alemania, Francia, 1948),  Las tortugas también vuelan de Bahman Ghobadi (Lakposhtha hâm parvaz mikonand, Irán, Francia, Irak, 2004),  El primero, cierra una trilogía sobre la devastación de la Segunda Guerra Mundial en Europa. Y, para muchos entendidos, el filme resulta un tanto recargado y empalagoso por temas tendenciosos (los vencidos salen muy mal parados). Filme emblemático, sin embargo,  sobre las terribles consecuencias , entre otras calamidades, de la intelectualización de la intolerancia. El segundo es un trabajo sobre refugiados kurdos en el Kurdistán iraquí, víctimas de los desmanes de Sadam Hussein, primero, y a la expectativa ante las noticias de  la mal llamada intervención norteamericana, después. Sobre todo hay niños que deambulan en una frontera llena de minas que cada día mutilan todo al leve paso.  Más allá del debate sobre si el cine construye realidades o las refleja, es cierto que enmarcar contextos en guerra resulta todo un reto ético e ideológico. En casos como estos, el cine intenta encuadrar aquello que por su propia naturaleza resulta imposible de atrapar. Una guerra son muchas guerras en la medida en que cada víctima y victimario tienen detrás y encima -pero, casi seguro, no delante de sí, porque a veces no hay futuro alguno- una narración inscrita con el sello de una otredad amenazada y amenazante. Cuando de niños se trata, este mismo entorno resulta devastador. Son filmes de diferentes épocas y estéticas, y no pretendo homogeneizar tantos años de celuloide entre ambas. Pero sin duda comparten el tejido vital desde la negación, por imposible, de la vida misma. Son narraciones que ahogan a los más pequeños, quebrantan ya no un futuro incierto, sino un presente imposible de vivir. Los otros han invadido, han violado, han cercenado toda salida posible, todo final digno.  Sea por la vía de la manipulación y de la ideologización fanática, o sea ya por la vía de la violencia física, el resultado es básicamente el mismo: cuerpos desgastados para progresivamente acabar destruidos. Narrativas de la violencia que nos dejan sin aliento porque su eje dramático aborda la errancia y la agonía  de los pequeños, sin poder hacer nada. Nos recuerdan nuestra propias limitaciones y, quizá, hasta nuestra intolerancias. El cine regula esa experiencia de ficción, y sin embargo, ésta se queda corta. Es apenas una mirilla  por la que podemos saber con certeza que esas narrativas provienen de geografías íntimas, concretas, cercanas, reales. Y que sólo van a narrar al otro -más indefenso- con una violencia capaz de regenerarse fácilmente en medio de las más abosultas pobrezas y miserias humanas, una y otra vez. Como si nada. 













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