La grieta

Hay mundos narrativos sostenidos por hilos tan delgados, casi frágiles, que de entrada parecieran que resbalarán en el territorio de lo banal y superficial. Cuando la jarra del agua de la que toman todos los niños de la escuela se resquebraja, nos damos cuenta de que "La jarra" (1992) de Ebrahim Foruzesh es uno de esos trabajos de la cinematografía iraní  que lejos del fetiche del objeto, elaboran un completo panorama del imaginario educativo, familiar y cultural de una comunidad entera. La grieta de la jarra, considerando las largas distancias que  deben recorrerse para beber y tener agua, supone una grieta en el diario vivir de todos los estudiantes y profesores. Comienzan a filtrarse las rabias, la impotencia, la desidia, el afecto. Los niños deben buscar materiales para sellar de nuevo ese recipiente (huevos, ceniza, cal)...sólo que en sus casas no siempre hay huevos, por ejemplo, para ellos. Más allá de la solidaridad y de esa especie de buena-gente en  que devienen los niños, no cabe duda de que el filme transita con certeza en la confrontación entre lo privado y lo público. Los niños son los puentes entre ambos mundos: entre sus padres -fatigados, enojados, inexistentes- y sus maestros o el pueblo, miramos sus largos caminares con modestia, con discreción a través de una grieta por la que se cuela, además, un modo de domesticar el desierto.






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