Podría ser una maleta de Tulse Luper

Toda la posible y minuciosa organización para preparar un viaje puede adquirir visos de angustia por muchas razones. El pasaporte y el pasaje olvidados de tanto recordarlos, malas digestiones (de comida, de la idea misma de viajar, de la emoción), un tráfico imposible, etc.  Sin embargo, hay una que quizá logre dejarnos patidifusos en cuestión de microsegundos: que se rompa o dañe el cierre de la maleta (o de uno de los equipajes). A punto de salir, que se estropee una cremallera puede resultar más o menos ridículo. Es una tontería. Se resuelve pronto porque casi de manera autómatica, intentaremos mover el cierre hacia arriba y abajo -o hacia la derecha e izquierda- para que vuelvan a juntarse los dientes de las filas. Seguramente, la maleta estará pesada y ya habrá costado cerrarla (quizá por eso se estropeó el mecanismo, pero pasaremos olímpicamente de esta posibilidad porque nos vamos de viaje y eso es lo más importante). 

"Pidamos una maleta prestada a la vecina que viaja mucho", sugirieron en la habitación. Dado que las demás maletas estaban descartadas (muy pequeña, muy grande, muy pesada, muy rota, muy no hay más), pensé que esa era la mejor y única salida. "No la lleves tan pesada ni te esmeres mucho en arreglarla, que es tarde", reclamo último y suave en medio del apuro. Siempre me empeño en llevar una maleta ordenada y se me olvida que en los aeropuertos las maletas son revisadas por oficiales que, haciendo su labor, buscan con fruición en mis equipajes lo que no se nos ha perdido a ninguno.

-Que dice la vecina que la maleta está un poco rota, pero que no se nota, que es una tontería.

Minucias que uno escucha cuando se habría tenido que salir una hora antes.


II.-No hay viaje que no suponga acomodar, de algún modo, la maleta al destino: sacar la ropa, colgarla, dejar las cosas (in)utilizables en orden, etc. A los días, uno suele reaccionar al ímpetu del viaje. Pasó, entonces, que una vez que la habitación estuvo tomada por mis cosas, atiné a observar mejor -con permiso de mi creciente miopía- la maleta en cuestión.




La foto por sí misma ya indica el camino que siguió la travesía del préstamo. La foto era la garantía de que así estaba, de que venía más o menos ligera y que por mucho maltrato los que hemos viajado alguna vez -con maletas muy pesadas, por cierto- sabemos que un único paseo con este artefacto no puede dejarlo en ese estado. Es decir, la maleta prestada estaba muy rota. Mi viaje sería su último destino.





III.-

Se puede ser un experto en economía cuando  fallan las cuentas y hay que hacer gastos imprevistos. Pero se puede ser genio en economía cuando se debe devolver algo que "allá cuesta mucho dinero y aquí también pero no tanto"; es decir cuando nos rompemos la cabeza mientras se considera con estupefacción que en Barcelona  el precio de la maleta es más o menos razonable y ajustado a su valor, pero que en Caracas el valor puede ser menor pero el precio desorbitado. 

Pero cuando los bolívares, los euros, los dólares, los yenes o lo que sea que usted cargue en su bolsillo (que normalmente es el presupuesto) no le sobran en la cartera, a uno le da exactamente igual la dicotomía precio -valor, los agentes de la bolsa o ser un genio sobre economía mundial: usted debe reponer una maleta que le prestaron dañada y que  no devolvió porque no se dio cuenta. Y punto. ¿Cómo decir que estaba dañada antes de que entrara a su casa? Además, en principio, debe comprar dos maletas, porque no es posible olvidar que la propia espera dañada en casa.

IV.- La dicotomía aquella de "su palabra contra la mía" que yo sepa es un argumento de corte jurídico que, por una extraña razón, siempre termina agriando todo lo que toca. Es una discusión dialéctica. Uno de los dos  miente, no dice toda la verdad o, sencillamente, cree que fue así.  De manera que para evitar problemas, vamos a la tienda a comprar dos  maleta. ¿Dos? Claro es que, como decía, los precios caraqueños desmadran cualquier presupuesto. El de Barcelona también pero hay un término antipático pero efectivo: razonable; usted puede comprar dos maletas a precios razonables después de ir hacia la tienda de maletas como si fuera al paredón y de haberse repetido mil veces que esa es la mejor opción. Ser razonables.

V.- No hay como regresar al hogar. En serio. Y no hay como saldar las deudas adquiridas por miope y poco previsor. 
-Que dice la vecina que no te preocupes. Que la maleta ya estaba sentida y que no hace falta que des una nueva. Que ella ya sabía que sería su último viaje. Que por eso nos la prestó.

VI.- ¿Qué sería más amigable? ¿Forzar el asunto hasta que la vecina reciba una compensación o abstraerse de todo mirando fijamente dos maletas nuevas, una de las cuales ocupará un espacio importante en un espacio pequeño?

-Que dice la vecina que una maleta nueva siempre está bien porque, claro,  cuando toque viajar de nuevo tendremos más espacio para todo.

Quizá. No queda otra que darle la razón a la vecina.  

VII. 92 maletas. Pensaba en que ese era el número de las maletas del personaje de ficción Tulse Luper creado por el director Peter Greenaway abordado en su trilogía "Las maletas de Tulse Luper" (2003): " The Moab Story", "Vaux to the Sea" y "From Sark to the Finish". En este falso documental, Tulse es un escritor y artista cuya intensa vida, además, gira en torno a los negocios con uranio y sus múltiples entradas a las cárceles de todo el mundo. Greenaway que es un gran artífice visual y pictórico, aborda el encuentro de esas noventa y dos maletas como un hilo narrativo vital a través del juego y la confrontación constante entre el contenido y el continente. Somos lo que podemos llevar pero también el objeto donde llevamos lo que somos nos identifica. En última instancia, Greenaway habla del arte y del cine a través de su potente capacidad para combinar, mezclar y descubrir nuevos modos de mirada y reflexión estética y humana.


 Más allá de las lecturas múltiples que implican la historia del personaje, sus maletas están directamente relacionadas con el devenir de la era moderna, de sus contradicciones y paradojas. Ahí están, por ejemplo, la maleta 34 con traducciones de Anna Karenina, o la 83 con mapas, y así, cartas, fotografías, datos sobre el uranio, cartas de amor, y un largo etcétera, cada maleta es en sí misma una narración, un modo de narrar el siglo XX. El mundo ancho y ajeno dosificado a lo largo de 92 maletas no sólo contienen parte del imaginario existencial del personaje,  también simbolizan arquetipos, encierran  reflexiones sobre  la escritura y el arte en general. Demuestran, además,  que vamos siendo los objetos que dejamos; que ellos nos contienen tanto como nos expulsan y desnudan. Una y otra vez, somos narraciones inacabadas.



Pensaba esto mientras veía mis dos maletas nuevas. Su continente ya empezaba a ocupar su sitio en mi casa; un sitio que si ellas no hubieran estado, no habría podido verlo. Su contenido comenzaba a ser una incertidumbre (bueno, a medias, siempre hay algo que se lleva consigo en cada viaje por muy corto que sea). Y que a la manera de Greenaway (salvando todas las distancias más serias del universo), mis fotos sobre la "verdadera maleta dañada" eran también tan reales como falsas, porque todo lo que pudiera argumentar en torno a la maleta rota eran hipótesis rozando las imaginaciones.



Mientras, también  pensaba que quizá esa maleta siempre sería la de "tu palabra contra la mía" o, mejor aún, la del "sabía que sería su último viaje". No lo sé. Pero con esta historia, me decía mientras seguía mirándolas, mis maletas podrían entrar en el mundo de Tulse Luper y quedarse allí a la espera de todos los viajes que ellas simbolizan y prometen. Estaban tejidas por una narrativa que las colmaba de vitalidad y contradicción allá donde fueran.


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