Sobre deformidades (aleccionadoras): "La lección de August" de R.J.Palacio


Un tema como el de la deformidad corporal es un asunto de extrema vigencia e importancia. Construirse, diseñarse, recolocar la figuración corporal en sus múltiples combinatorias y lo que de alteridad supone todo este juego fueron las razones que me llevaron  hasta La lección de August de la diseñadora e ilustradora  R.J. Palacio (Wonder, Edit. Nube de Tinta, 2012). Es la historia de August Pullman, un niño de 10 años que vive en North River Heights, Manhattan, y padece una deformidad en la cara  (retrognatismo severo, mandíbula pequeña además de las cicatrices por diversas operaciones) y  desde la cual  se teje todo el entramado dramático en función de los ejes de la  intolerancia, el rechazo, el miedo o la sobreprotección, entre otros valores que dan espesor a los personajes. Sin embargo, este tema queda a medias en un libro que me ha dejado un sabor agridulce. Me hubiera gustado contar con menos estereotipos, rigores ideológicos y finales predecibles, pero aún así, creo que sigue manteniendo el norte de la construcción del cuerpo como tal y como referente para el diseño de la alteridad. Veamos.

August debe ir por primera vez en su vida a la escuela. Tras varias operaciones, su deformidad congénita está acompañada de problemas para escuchar. Por lo demás, August vive en un entorno familiar estupendo, con unos padres entregados a protegerlo, una hermana mayor que lo adora y, como cualquier niño de hoy día, en un entorno tecnológico lleno de video juegos, teléfonos móviles, SMS, Facebook, Internet. Este es el primer aspecto interesante de esta corporeidad deforme: la normalización, mostrarlo ya no "como cualquier otro niño" sino como uno más; estrategia importante en la que la homogeneización dirime la singularidad excluyente.
La narración empieza, entonces, cuando August debe acudir al colegio y se desarrolla durante ese primer año en el que, como es predecible, deberá vivir y superar experiencias amargas, traiciones y prejuicios de sus compañeros de clase. Desde este espacio educativo, la fábula progresivamente muestra su costura: una novela de aprendizaje a partir del rechazo que genera la deformidad genética de un niño. Los que lo rechacen y se burlen serán los malos; los buenos serán los que de entrada lo aceptan o superen sus propios prejuicios y temores.

Es desde la mirada y la voz de su hermana Olivia (Via) como se nos hace llegar la imagen de su hermano: "Sus ojos están a unos tres centímetros por debajo de donde deberían estar, casi a mitad de camino de las mejillas. Están inclinados hacia abajo formando un ángulo exagerado (...). Los párpados de abajo los tiene tan caídos (...) No tiene cejas ni pestañas. Su nariz es desproporcionadamente grande para el tamaño de su cara (...) No tiene pómulos (...)" (pp.124-125)

Uno de los aciertos de la novela es la diversificación de las voces narrativas que alternativamente cuentan sus vivencias en torno a sus limitaciones, miedos y prejuicios que les genera la deformidad de August. Esta estrategia narrativa tan oportuna -que a veces peca de predecible- implica la confrontación ya no sólo de los miedos propios sino la pregunta permanente sobre qué es ser en realidad un deforme, qué significa la normalidad, cuánto de la mirada en el juego social no se basa en homogeneizar la normalidad antes que en aceptar incluso la culpa o la imposibilidad de aceptar la diferencia del otro. Así, la deformidad de August funciona para Olivia, Miranda o Justin como  vía de reflexión sobre el alcance de los afectos y el precio social que deberán pagar por aceptarlo.

En contrapartida, August es el personaje más "maduro" de todos, es consciente del rechazo que genera en los otros. Llega a odiarse por su rostro, se confronta y culpabiliza.  Estos episodios en los que él hace contacto con su cuerpo para rechazarlo o darle un lugar resultan los más interesantes y certeros. Es decir, un drama íntimo de un niño que justo en esa etapa de vida necesita el entorno social como gran referencia modeladora de vida y no encuentra asideros.


Interesantes -pese a lo previsibles que resultan- son las referencias para e intertextuales (epígrafes y citas de libros, filmes, canciones, etc.) Uno de los epígrafes más importantes es, sin duda, el de uno de los referentes culturales más significativos sobre la deformidad física de personajes inteligentes y amables: "El hombre elefante" la obra de teatro (1977)  de Bernard Pomerance, apegada a los hechos vividos por Joseph Carey Merrick (1862-1890) conocido como el hombre elefante por la extrema deformación congénita que padeció; en un contexto victoriano implacable, fue injustamente exhibido como atracción de feria.

"A veces pienso que tengo la cabeza tan grande porque está llena de sueños" dice el epígrafe que recuerda la voz de John Merrick. Justamente, la normalización, esa homogeneización del niño "como uno más" es sin duda una de las diferencias con el estilo de vida que padeció Merrick. Ya no son atracciones de feria; sin embargo, pueden ser visto como tales: ese es parte del cuestionamiento a la mirada de hoy día.
En este sentido, no es posible olvidar que uno de los mejores referentes sobre la marginación social por la deformidad  corporal a la que se le asignan valores negativos sigue siendo Nuestra Señora de París (1831) de Víctor Hugo.
El Principito de Saint-Exupéry, el Diario de Greg, El hobbit, Jimmy Neutrón, El retorno del Jedi, La guerra de las Galaxias -una de las referencias fílmicas más importantes a lo largo de la novela- Harry Potter y la piedra filosofal o El Jinete del dragón de Cornelia Funke; canciones como Wonder de Natalie Merchant o Beatiful de  Linda Perry e interpretada por Cristina Aguilera, Space Oddity de David Bowie o el disfraz del personaje Boba Fett del filme El imperio contraataca son algunas de las referencias desde las cuales la novela conforma una plataforma sólida de normalidad pero también de estabilización de la diferencia. En realidad, estos otros textos funcionan como soporte moral del personaje, ni más ni menos de como pueden funcionar para cualquier  niño.

Otra estrategia interesante es el trucaje y la parábola que implica el desear usar una máscara. No en vano, para August, Halloween es su fiesta preferida: así, el disfraz de Boba Fett le facilita el poder mostrarse tal como es: "Puedo disfrazarme. Puedo llevar máscara. Puedo pasearme por ahí igual que cualquier otro niño con máscara sin que nadie piense que tengo una pinta rara" (p.104). Sensación de estabilidad de la diferencia a partir de la máscara que también emplea cuando recuerda el tiempo que salía a la calle con un caso de  astronauta. 
                                                    Boba Fett del film "El imperio contraataca"

En este sentido, lo mejor de la novela radica en dos aspectos esenciales. El primero es la confrontación de los juegos de máscaras: la máscara  es la progresiva aceptación de August sobre su cuerpo y el nivel de tolerancia que cada personaje desarrolla sobre este eje.
Por el otro lado, el juego de voces de los demás personajes permite confrontar desde su visión el efecto de esa deformidad en sus propias vidas. Se expresan con libertad, muestran sus temores al rechazo en caso de que August esté cerca, o sus crueldades que rayan en la persecución o el fenómeno del bullying.


Ahora bien, por momentos, la figuración de August queda atrapada en la simbología del niño defectuoso pero irremediablemente bueno. En otras palabras, en el marco de esa función alegórica y aleccionadora de la novela, la trama se inserta en una esquematización moral: así como existen las brujas malas feas, el otro estereotipo son los feos buenos. Y estos feos buenos quedan en el limbo cuando son además excepcionales personajes, como si todos los defectos giraran en torno a su deformidad corporal. Quizá aquí radica la idealización de August: un niño maduro, buen hijo, buen compañero y mejor estudiante, capaz de comprender incluso los vaivenes de sus padres. Por otro lado, la novela de Palacio es un buen ejemplo de lo que en primera instancia  debería evitarse a toda costa: que la literatura -y el arte en general- adquiera una dirección inequívocamente aleccionadora sobre la buena moral y  la tolerancia ante la aceptación del otro diferente.
La enseñanza explícita se superpone a la fábula. Lo lamentable de esta opción es que con un tema tan serio como es el de la exclusión por la diferencia se reitera una vez más un cliché: la deformidad entraña belleza; la belleza física o los "normales", en cambio, (los alumnos sin defectos físicos visibles) simbolizan la fealdad espiritual. Otro estereotipo que suele acompañar a la polaridad mencionada es la de los feos torpes (las hermanastras de la Cenicienta, por ejemplo) o, como contrapartida también forzada,  los bellos tontos.
Lo que se pone de manifiesto en estos estereotipos no es tanto la vileza moral o espiritual de los personajes sino, sobre todo, cómo la deformidad del alma, por darle un nombre, depende del cuerpo atrapado en las convenciones de belleza estandarizadas.

El título en castellano no deja lugar a la duda: se trata de aleccionar y trazar de manera directa el sentido más obvio de la novela. Curiosamente, su título en inglés, "Wonder" ofrece un abanico más amplio: es preguntarse tanto como maravillarse, asombrarse, desear saber, indagar;  emociones que rigen el hacer del personaje principal.



Creo que con los problemas de la aceptación de sí mismo aunada a la alteridad, tema último de este hermoso texto, no es posible seguir reiterando el estereotipo  de que la integridad moral es inversamente  proporcional a la deformidad física. Estas cuentas exactas ofrecen poco margen de maniobra. Sigue siendo un planteamiento en blanco y negro, sin fisuras. Pero este defecto se debe menos al entorno familiar y educativo -que funciona casi a la perfección en el libro- que al soporte religioso que en algún momento se hace más que explícito: una especie de prueba del cielo superada. Y aquí es donde la fábula queda al margen de los valores que le otorgan sentido.
Con todo, La lección de August cumple al poner de relieve  un tema complicado como es el de deformidad aunque lo haga a costa de la misma idea que la contiene; de alguna manera, todos tenemos alguna deformidad, y  en algún momento nos enfrentamos a la marginación social que se dispara en torno a ella. Por otra parte, el libro abre las interrogantes sobre  la apariencia física (del cuerpo en general)  tanto en función de los estándares corporales de belleza o fealdad  como de los  prejuicios en torno a la diferencia que es el otro.



http://rjpalacio.com/




Comentarios

Pedro ha dicho que…
Estupendo análisis. Wonder o la lección de August Pullman.

De niños lo que más miedo nos daba era esa sensación de ser diferentes
a los demás niños. Física o emocionalmente.

Yo me ponía rojo de nada y ya me sentía super anormal y la burla
inocente de los niños enfatizaba la anormalidad. Y así.

Un abrazote,

Pedro
Galaques (Diana Medina) ha dicho que…
Gracias, Pedro, por la visita. Me alegra que te haya gustado. Me conmueve tu anécdota. El libro denuncia esos maltratos que se hacen desde la intolerancia.
Un gran abrazo, querido amigo.