Lotería (Nubes terrenales IV)

I
 Si tuviera que elegir un momento en el que  apostar era un solo juego, me resultaría imposible no hablar de "la Maracucha". En el mismo bloque donde crecía de niña, vivía una familia a cuya abuela se le conocía por el gentilicio de los oriundos de la ciudad de Maracaibo,  lo que  para mí aumentaba aún más su aire extraño y cercano al mismo tiempo puesto que fue  la primera persona a la que identifiqué por su nombre y su origen sin saberlo y, lo mejor,  sin que fuera importante saberlo con exactitud.  Era una mujer muy mayor de aquellas cuyas arrugas acogen a la gente de la casa, a los que viven con ella sin mayor necesidad de definir las filiaciones, si era la abuela, la madre, la tía o la prima mayor de la familia.
La Maracucha era conocida en todo el edificio porque vendía lotería en su casa o, mejor, en una habitación que recuerdo pequeña. A partir de las seis de la tarde, era costumbre que la gente fuera a comprarle el "terminal", la cifra de dos números que se apostaba para diferentes loterías del Estado: Caracas, Zulia y Táchira. Se jugaban los terminales deseados en cualquiera de las tres o, incluso, en las tres se combinaban tantos terminales como  dinero disponible se tuviera. No era costoso. Es más, parte del éxito radicaba en que la Maracucha podía vender  desde su casa lotería porque sus precios eran más que populares.
Este recuerdo es lo que hace que el pasado haya sido un buen lugar. Esta lotería domiciliada como un vecino más, no hacía sino familiarizar a los vecinos con un vicio que, al menos en ese momento y dadas las cantidades más o menos modestas de los premios, no estaba vinculado con el enriquecerse de la noche a la mañana. La lotería en ese entonces resolvía peos, como decían, peos del mercado, que si una factura, que si una cosa que falta... Luego fue cuando vino la época de los botes mil millonarios, pero para entonces,  la vida en Caracas también se definía por el aumento progresivo de locales de ventas de lotería mientras el Estado  había ido añadiendo más y más juegos de apuestas necesitados de máquinas expendedoras que superaron, hasta agotarlas,  las transacciones domiciliales como las que hacía la Maracucha. De más está decir que el aumento de la cantidad de posibilidades de apuestas no era ni remotamente proporcional a la probabilidad de ganar algo.
Pero en los tiempos de la Maracucha era una aventura salir de casa, recorrer el largo pasillo hacia la suya, entrar, recibir ese amarillo pollito de las luces mezclado con el olor de alguna cena en preparación que daba a todo un aire cálido aunque los familiares de ella no eran especialmente así y hundirse hasta el final del pasillo interno hasta llegar a su habitación.
La Maracucha era una mujer  bajita, con el cabello gris y fino recogido hacia atrás en una trenza. Se encorvaba sobre un escritorio de madera más viejo que ella, graso de tanto roce de mano, bolígrafo y papelitos mínimos donde ella nos entregaba la copia hecha con papel carbón de los números pedidos mientras ella se quedaba con el original.

Por supuesto que no estaba en los aires familiares que nos hiciéramos adictos al juego. Ir a comprar era parte de eso que en Venezuela se llama "hacer un mandado": tanto daba si era para  comprar el pan dulce de la merienda, el helado de leche en vasito de plástico  que vendían otras señoras en el mismo edificio o ir a buscar "El Mundo" el diario vespertino con el que mi mamá quería cerrar el día después de regresar del trabajo. 


II

Ya desde el mes de agosto, es posible comprar en España un boleto (un décimo) para el sorteo especial de la Lotería de Navidad. Parte de los bombos y platillos con los que se anuncia el sorteo del 22 de diciembre, radica en la campaña publicitaria que cada año -como desde los tiempos remotos- se invita (seduce, insta, engaña...podemos achacarle todos los atributos o despropósitos de cualquier publicidad) a la compra de un décimo. Si en la de años anteriores aparecía un mago, en la de este, se apela al más rudimentario estilo realista (o sea, dramón del bueno):  un señor llega al bar de siempre dándose cuenta de que todos los allí reunidos han sido ganadores de la lotería gracias al décimo que compraron en ese bar, el de siempre o el casual, da lo mismo. Este señor no ha comprado nada. Total que el dueño del bar le había guardado un número (el ganador) y el señor comienza a llorar de alegría. 
El anuncio no ha dejado indiferente a nadie. Ya hay por allí preguntas del tipo ¿ilusión o miedo? haciendo referencia a cuáles son exactamente los sentimientos a los que apela el anuncio. La lotería siempre ha sido como un horizonte: está allí, vemos esa línea lejanísima que, quizá por eso mismo, soñamos no tanto con acercarnos como que se nos acerque, nos alcance, nos pille con boleto en mano y podamos resolver peos, como siempre. 

III


Un golpe de suerte siempre se desea y el juego es sólo una de sus figuraciones,  el cuerpo del horizonte en el bolsillo. No he conocido a nadie que desee la mala suerte, es más, dicen que desear mala suerte es como desear la muerte: no se puede ser  más tonto e ineficaz en la vida pues el azar (y en eso también la muerte se nos adelanta) marca las horas y el verbo en esos deseos solo es una expresión del amplio espectro de cretinismo que (nos) acosa como la terquedad al  ignorante ante el peligro.  Jugar, sí. Me gusta acercarme a la lotería sin pensar en el azar,  queriendo probar, tantear, con números  "especiales" (el nacimiento de, el día que, la hora aquella que...) y  que resultan tan anodinos como otros. Claro que me gustaría un buen golpe de la buena suerte, pero si tuviera que escoger entre jugar y apostar, me quedaría con el primero. Apostar es enfrentarse de lleno al azar, como un contrincante venido desde el horizonte a demostrar no quién es sino cómo somos delante de él, así, en las distancias cortas.  Jugar se parece más a tontear con el horizonte, como si pudiéramos alcanzarlo sin necesidad de discutir su lejanía, su caprichosa estampa distante. Como cuando iba a casa de la Maracucha y con los números en el bolsillo pensaba en  el helado de leche en vaso de plástico que vendía su vecina. Como cuando no hay necesidad de encontrar una figura pero se mira hacia las nubes por si acaso ese día el azar y la mirada logran quererse en el mismo punto del paisaje. Otra forma de ganarle un minuto a la muerte y a la mala suerte.




IV 
Creo que la Maracucha murió no poco tiempo después de que nosotros hiciéramos nuestra mudanza, algo más terrenal que la de ella. Mientras veía por enésima vez en la tele el anuncio de lotería, volvía a preguntarme dónde estaban el azar, la ilusión o el miedo en casa de la Maracucha. No los vi por ningún lado lo que no implica que no estuviesen, quizá, algo más bien distraídos; ahora no basta con hacer un mandado. Demasiados peos los han puesto en guardia. 






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