Retazos de vida

"Juntas dos cosas que no se habían juntado antes. Y el mundo cambia. La gente quizá no lo advierta en el momento, pero no importa. El mundo ha cambiado, no obstante." Así empieza "Niveles de vida" (2014, Anagrama) de Julian Barnes. Todas las combinaciones son posibles solo si logramos detectar ua veta, una conexión que descubra sentidos o que  al menos permita resignificarlos y, en ese gesto, recuperar el aliento, recobrar algo de la razón que se diluye ante las sinrazones de las pérdidas o los dolores.

Veta: me recuerda cuando unas profesoras me contaron de un trabajo de campo sobre la vida de los mineros de El Callao; jóvenes que se entregaban a horas infinitas haciendo de topos. El día, la vida, todo podía cambiar si lograban encontrar ya no un poco de oro, sino la veta, como la líneas de la vida de esas paredes ajenas al sol y, por eso mismo, el espacio para sacar lo mejor de las sombras, aunque eso implicara dejarse la vida.

Dejarse la vida en tratar de abandonarla con dignidad fue la  combinación que surgió de golpe el día que vi "Truman" (2015)  de Cesc Gay y "Dallas Buyers Club" (2013)  de Jean-Marc Vallée. De todas las escenas de esta última,  la de la cámara de las mariposas es una de las abiertamente más simbólicas y sugerentes.  Ron Woodroof  traza,  sin saberlo,  la delgada veta que separa la vida y la muerte, su vida y la muerte de la entrañable Ryon, su propia muerte y la mejor vida que dejará a los pacientes y enfermos por el virus del VIH.


Podría decirse que la combinación entre ambas películas es obvia  puesto que  a través del tema de la enfermedad y la inminencia de la muerte  tanto Ron como Julián, en Truman, caminan hacia la muerte. Pero mientras Ron combate contra grandes corporaciones farmacéuticas que controlan las medicinas  en sí mismas tóxicas, Julián se va despidiendo de su entorno con  amabilidad y resignación de vértigo; normalmente, no aprendemos ni sabemos  cómo irnos, cuando somos conscientes del final,  porque pasamos media vida tratando de saber cómo quedarnos.


Y luego está el libro de Barnes sobre esas conexiones que va creando para contarnos sobre la dolorosa pérdida de su esposa, su duelo y su viudez con una prosa serena que desgrana  una intimidad que no por herida deja de ser acogedora.
Por eso los tres relatos me cautivaron;  lo sombrío no suele tardar en llegar cuando no sabemos qué hacer con la vida ni con la muerte. Pero cuando pienso  en estos relatos sobre  cómo  irse o de hacerlo de un modo menos violento que la causa que los expulsa de la vida, entonces, es cuando me animo a realizar conexiones de palabras y películas; algo de esa intimidad hecha más de retazos de vida que de jalones de muerte va marcando el camino hacia la salida de cualquier mina que se nos atraviese y nos encandile con sus prometedoras e inextricables vetas. 

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