Arritmias de un día feriado





Un disparo multiplicado.
Recibí órdenes
Voy a ver mi mujer
A una de las tres. Hoy es miércoles.

Un jueves, entonces, un fraude.
En esta advertencia de viernes,
nos quedamos embotados
con los latidos a mil por hora
y un cuerpo expectante ante un día venidero
tan prometedor en su ansia por atrapar
a los que nos equivocamos al firmar
 hace tan solo un día y dos años.

Una mañana de agosto
una sobada a la fuerza  en el ascensor.
Si no es la puerta,
me aplastará la cara contra el cristal
para que aprenda una pendejada, no más.  
Correré y cruzaré la  avenida sin mirar. 
Haré bien en no cobrar el trabajo
porque los ascensores así destruyen el tiempo.

Un domingo en la playa
te llaman porque se ahogó
el que una vez -también- disparó,
Duele. Sin peros.

Un lunes te aumentas los pechos.
Los más grandes se llenan con los minutos de silicona
para que el tiempo corra detrás y no delante de uno. 

Un martes a las 12:50
me avisan otro fraude
de tiempo engañado
y un espasmo doloroso en el estómago
me anuncia una infinitud de tristezas.

Una madrugada de abril dices que la espalda te hace ver tu destino.
Un dolor más y el tiempo se diluirá
sin remedio
entre las vértebras rotas
por el disparo de un hombre 
que veía espíritus 
sin saber tan siquiera dónde estaba el suyo.
 Un sujeto vaciado de tiempos.
Que cuando folla y besa
cree tocar siempre a otras. 
Cualquier día -entidad suya, no mía- lo esperan para abofetearlo. 

Un jueves soleado no atienden tu llamada.
Te alcanza el ruido postergado que eres
 hasta afinarse el oído como cuchilla nueva. 
Un día como hoy 
ha llegado un desconcierto
que invade el tiempo entre latido y tecla.
Por eso escribo rápido.
Hay un ancla
antes de que toque orilla
esa ola de  locura
que traen los días feriados.
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