Tejedura


                                               
                                                      TEJEDURA 91/37 GEGO

Ninguna de mis abuelas aprendió a tejer.
Nadie quiso enseñarles.
Una afrenta al hecho de nacer
Una añeja rueda fue cada montaña
-le dicen barriga de embarazo-.

A mis abuelos también les afilaron
las mañanas sin razones.

El desdén heredado
circuló como  la sangre
rápida  silente vivita  coleando
Por momentos, logramos no acordarnos
con el que nos parieron luego.
Fue por falta de lecciones para tejer
un punto de cruz
o la ceguera de hacerlo
allí donde solo había ovillos enmohecidos.
 
Mis cinco o seis abuelas
Mis tres o cuatro abuelos
algunas muertos, todos reimaginados
¿quién quiere una real?
que no teje ni un café
¿quién quiere uno imaginado?
que  sabe cómo nos quedará el abrigo al ver el estambre en la vitrina.

Cada nombre es un hilo fino largo
con extremos tomados por dedos amarillos
que terminaron enredados en la cabeza, después del golpe, de la caída.
En mi casa de seis o siete abuelas
-todas inventándose el pan de maíz pilado-
apenas si hubo hilos.
No en el patio de casa, no.
Si existieron,
ocuparon el trastero de un alcohólico
que es el olvido.

Hay locuras tejidas a mano
con una dificultad exquisita
-el encaje de bolillos que llevo en el sueño-.
¿Encaje de bolillos cuando las balas entran
a la poca heredad que nos van dejando?
Hoy es un rezo de un cuerpo en torsión
dentro de la boca del lobo. 

Hubiera querido que uno
de esos abuelos
espantara el desamor
con un matamoscas
estilo ganchillo,
a mano abierta.

Ajusto el foco: sí, hubo uno que lo hizo.
Agarró el mango con todas sus fuerzas.
Atinó sobre la cabeza del abandono.
Otros  arrimaron los sustos de un plumazo
pero cosieron nuestros nombres
con  aliento enloquecido
 y nos enredaron
las vías los puentes los silencios.

Cuánto miedo dejan a su paso
bobinas de locuras
que giran sin retroceder
que giran porque huyen.
Escapan porque  se saben girando.
Retazos que se buscan -con calma muda-
un día tras otro.

Ellos lo supieron sin salir mucho de casa.
Todo fue siempre muy discreto.
Incluso el ocultar que en su vida  encaje alguno
les había adornado la mesa
la cama
los deseos.

Hubiera querido una pasamanería entera para ellos.
Para que escaparan, si querían,
no sin antes desear algo de esa finura
como equipaje y alguna promesa cábala
que decorara la habitación de paso.

La gente cree que los encajes son ridículos.
Mis abuelos -seis siete ocho-
no encajaron
no nos encajaron
Y vivieron con eso,
que ya es mucho.
Entonces, lo que la gente crea,
es siempre un dedal de cerámica:
más ruido hace un ala rota
traída por el viento de la tarde.


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