mandíbulas deplazadas

                                                             Foto de Mario Dondero
Esa mañana el diagnóstico fue una flecha jeringa con punta convencional.
Era verano. No hacía falta humillar. 
Ella pudo esperar un par de horas. 
No sé; acaso 
hasta  salir del bar con el croissant y el café a medio masticar.

Es una deformación -me dijo.
Bastaron pocos minutos para arrojar una ira matutina 
-la nocturna es menos traicionera-
sobre nuestras bocas.
Me pareció que se regocijaba
siendo pesadilla dolida ante la imposibilidad
 de ser algo menos ordinaria. 
No podría afirmarlo con seguridad. 
Algunos diagnósticos son hilos de nylon
a punto de llevarse el dedo amoratado. 

mamá miope ciega -me dijo. 

La mandíbula dolerá y los dientes 
serán mordidos tragados
por el paladar -me comentó.
No hacía falta que desplazara sus ojos al teclado
para detectar su rictus. 

Su boca caída ha pasado ahora a ser mía -me digo.
Mis dientes se mueven sin darse cuenta
arrastrados a morder sin ritmo.
Están perdidos en mi boca. 
besan lamen mastican sin control,
esta boca no tiene cómo sujetarlos.
Doctora imbécil.
Aquella mañana de verano
la hubiera mordido.
Pero ella introdujo sus boca linda en la nuestra
y habló por nosotras,
me quitó el habla pero me dejó los dientes
serpenteando calores.
A mi boca la atajan todos los insomnios desde entonces. 

Este reverso me llegó con hambre.
El calor la deshacía,
me dejaba sedienta.
Me fundí un rato largo 
en el único banco con sombra de toda la rambla,
y el recuerdo de los dientes
que me mordían el futuro de hablares incomprensibles.

Pude haber perdido toda la boca
la última vez que defendí la vida a dentelladas. 
Todo sigue igual, menos mi boca  mordiente
casi no diciente. 
Me quedan las uñas y la lengua.
Espero que tarden en llegar convertidas en garra y látigo.
Prefiero un banco con una sombra y limonada fría,
aunque el calor apriete
y no haya boca ajustada para morderlo.
  



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