Sincronía


                                                           Eros, Nº 26
Tengo a un ogro encima de mí. Se llama Berto y es el vecino de arriba. Llegó al anexo superior de nuestra casa hace dos meses. Se suponía que mis papás construyeron ese apartamento para complacer al genio musical de la casa, a Ricardo, mi hermano mayor. Se suponía, también, que él debía primero aprobar el semestre de la Universidad para habitarlo. Y como todo ha quedado en suposiciones, un día llegó Berto aplacándolas al alquilar ese espacio y llenarlo con su figura fornida, sus indomables rizos castaños, su bigote mullido, sus ojos grandes y verdes y su metro ochenta de estatura.  Yo, la que no tiene genio musical sino una pierna enyesada por ser pésima en voley-ball, ocupo la última habitación de una larga casa; justo debajo del anexo. Aislada gané silencio a costa de vivir frente a un muro alto, sin más vistas que un pequeño jardín que aún conservaba ese sabor de inmensidad de mi niñez. Era una casa diseñada para tener vistas, por eso los edificios de los alrededores la han ensimismado. Perdón, debí decir ganamos, porque Berto no hubiera sido mi ogro de no haber sido por ese exceso de privacidad que se adueñó de nuestras habitaciones.   
Antes de que me despertaran sus gemidos, me había hecho estremecer en silencio desde el primer día que se duchó. Puede que haya sido el dolor de la pierna enyesada y el lánguido efecto de los calmantes; puede que el ocio de no poder moverme o todo a la vez, pero hilé sus rituales con precisión de mujer resentida: era músico y trabajaba como disc jockey. Se levantaba a las 11:00 am y salía a las 2:00 pm; luego volvía hacia las 3:00 am.  Era entonces cuando sentía sus pasos retumbar en mi techo hasta que dejaba caer sus zapatos. Pisadas mudas y  largas;  retrete, ducha, grifo del lavamanos, gárgaras, tirarse (se tiraba, seguro) a la cama y silencio. No fueron sus gemidos, insisto, lo que hizo mella en mí antes de tiempo, sino su tos. Cuando se duchaba, tosía de tal modo que rugía; el eco del baño exageraba el sonido, pero era una tos tan profunda y continua que me lo imaginaba liberándose de sus pulmones y dejándolos en remojo bajo el agua.   Al principio lo maldije porque soliviantaba mi lado insomne. Debo decir, entonces, que la fabulación con mi ogro fue obra de los antitusígenos, pues noche tras noche, como si su mano suave se posara en mi espalda caliente, comencé a pensar en todos los remedios contra la tos que ese carajo debería tomar para dejarme dormir una noche completa.
Siempre que venía su novia yo intentaba no estar en la habitación. Llegaba a las 11:30 y yo salía al salón, pero cuando me dolía la pierna y terminaba rendida en la cama, los sentía jugando a forjar las risas y los besos previos al desnudo.  Solía escucharla a ella, pero a él me lo imaginaba.
Mi pierna enyesada me tenía amargada. Mi computadora tenía un virus informático. Estaba harta de ir del chat a Twitter y al  Facebook, de la televisión a la cama.  Me ardían los ojos de pasar las noches enteras despierta y los días como una zombi. Embotada como estaba, prefería guardar silencio mientras supiera que mi ogro estaba en su casa.  Una mañana, sin embargo, el exceso de privacidad nos bendijo. Estaba solo y veía la televisión; tenía la ventana abierta y yo lograba escucharla pero me resultaba confusa: a ratos era música y en otros, diálogos. Al cabo de una media hora, le oí hablar por teléfono; estaba tan contento que gritaba. “Marico, qué vaina tan buena me has dado…No. No. Esa película es de pinguísima, huevón. La he visto como tres veces. Coño, la música, pana, la música…” Y después del “nos vemos más tarde” gritó: “Te amo, 9 Songs” Si era el nombre de una película pornográfica, mi pierna escayolada y el virus informático no fueron impedimentos para salir volando a devorar la computadora de mi hermano y averiguar qué carajo lo había puesto tan de buen humor.
Podía haberme masturbado, una, dos, tres veces. Podía haber parado la película, íntegra en Internet -como el cuerpo de una mujer bella saliendo del agua. Hubiera podido incluso bajar el volumen y echar el cerrojo de la habitación de mi hermano. Pero la película de Michael Winterbottom me había dejado temblando, me había extraviado de mi misma. No podía creer que el sexo pudiera hacerse así. El porno de los adolescentes es tan precario. En cambio esto resultó serio, delicado, sin gemidos falsos ni acrobacias trucadas. Era una historia de amor con un lamido en primer plano, un pene erecto y bello o una vagina seductora para desbordar la mirada. Lisa y Matt: sus cuerpos expuestos y amándose, ni más ni menos. Vibré en cada escena y comencé a llorar en cada canción. Porque de eso va la película: nueve canciones que Lisa y Matt escuchan en los conciertos de rock donde se conocieron y los acompañan en su romance, como el diálogo mudo que nunca tienen pero satisfacen en la cama.
Estos ingleses son extraños. Escuchan esa música y casi ni se mueven;  pero luego van a la cama y desabrochan las ganas. Me sentí entrelazada a sus sexos en sus encuentros. Ella se contorneaba en el concierto; él la admiraba. Ella fumaba; él la miraba. Ella le decía “fuck me more” y él allí, rendido, sabiendo que llegaría un punto en el que sobraría, pero incapaz de cuestionarlo.
Me tomé el tiempo de anotar el nombre de todas las canciones; de imprimir sus letras, de aprendérmelas. Mi ogro, por su parte, comenzó a cantarlas cada día de esa semana. Desde mi cama con mi pierna aún escayolada, lo acompañaba.
I am alone/But adored by 100,000 more/Then I said when you were the last./And I have known love, like a whore/from at least 10,000 more/Then I swore when you were the last
Escuché de fondo esta canción un día en el que la novia llegó tarde. No supe si estaban viendo la película o si sólo escuchaban la música, pero en esa ocasión, me acoplé a ellos, remontando  cuerpos y gemidos.
Poco después, mi hermano Ricardo estaba herido en la clínica. Intentaron robarle la guitarra y la cartera; como no pudieron fueron dos tiros al cuerpo. Todo quedó en el roce de una bala en el brazo. Mis padres en la clínica y yo llorando en mi cama, maldiciendo, rumiando de miedo. Ver a Berto aquella noche sólo me hizo sentir más perdida que nunca. Venía a saber de mi hermano y mientras le contaba y lloraba, sentí su mano grande y gruesa tocar mi brazo. Me calmó. “Entremos. Todo está bien. Toma un poco de agua. Cuidado con la pierna, Jacquie.”
Mi ogro me abrazaba. Mientras me secaba las lágrimas sentí un deseo recóndito de encararlo; como si hubiera estado mintiéndome todo este tiempo y hubiera llegado la hora de ajustar cuentas.
—Debes tomar algo para la tos —le dije—. Pareces un ogro.
Sentí cómo su brazo se adelgazaba. Me miró confuso, al principio, pero en segundos comprendí su intento forzado de salir de un sueño. Me miró fijamente y tuve la impresión de que intentaba retroceder el tiempo, el mismo que había traspasado con desahogo nuestras paredes. Percibí su rabia contenida, como si estuviera a punto de darme un bofetón mientras me tomaba con fuerza por los hombros y me alejaba suavemente de sí. Noté su rubor y bajó la mirada.
—¿Algún día me llevarás a un concierto de rock? —pregunté sin consideración.
Calmado pero al acecho, un ogro de rizos incontrolables es también un hombre de voz suave, que traga saliva para evitar enredarse y carraspear hasta hacerse daño:
—Te he llevado sin invitarte, por lo visto. Si sigues así, quizá algún día nos encontremos en uno.
Desde entonces, Berto es capaz de hacer mucho silencio. En las madrugadas oigo su pisada sigilosa y sé de su paso ligero; de la ducha escucho la caída del agua, cual manantial descendiendo hacia mi cama. Pero de vez en cuando abre la ventana y deja que lo acompañe mientras escucha y canta.
Jacqueline was seventeen/Working on a desk/When Ivor/Peered above a spectacle/Forgot that he had wrecked a girl/Sometimes these eyes/Forget the face they're peering from/When the face they peer upon/Well, you know/That face as I do/ And how in the return of that gaze/She can return you the face/ That you are staring from
Entonces, como un soplo de aire fresco y privado, comenzamos a sincronizar algo más que nuestras voces.  

                                                              Eros Nº 18
Fotografías de Guillermo Aldaya
Este cuento salió publicado en el blog de Los hermanos Chang: http://hermanoschang.blogspot.com.es/2013/03/sincronia.html

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