Necesito cambiar de pesadilla





Un aparato viejo y ruidoso como el del aire acondicionado, no impidió que Alberto escuchara el portazo de una Magaly que, ahora sudorosa, lo miraba quieta desde el sillón de la consulta, intentando respirar con calma.
Alberto la miró por encima de sus lentes.  

-¿A eso has venido?
-Sí
Se pasó el bolígrafo entre los dedos posando, ahora, su mirada por encima del hombro de la mujer.
-¿La misma otra vez, Magaly?
-Sí…
-¿Y cuál es el problema? Ya sabes, tú puedes ver cosas, los sueños…
-No me jodas, Alberto. Estos no son sueños; ¿no te das cuenta? Hace ya tres semanas que no veo nada en mis sueños. No tengo sueños premonitorios. Sólo esa pesadilla con esos tipos vestidos de trajes grises y camisas azules que aparentan estar encantados con la obra de teatro.

El chirrido de la silla delató el leve movimiento de piernas debajo de la mesa. La respiración de ella seguía siendo fuerte ¿habrá notado que ahora el aire frío comenzaba a darle directamente detrás de su nuca?




-¿La misma desde hace tres semanas?
-¡Sí! 
-Pero, por qué no me lo habías dicho… Cuando te quejas es porque  a veces tus pesadillas aparecen en los titulares de prensa… Además, tu patrón de sueños ha sido más o menos invariable este último año: las escaleras donde la gente no termina de cruzarse, los espejos donde se miran y desde donde los ves, la obra de teatro que empieza…

-Pensé –interrumpió Magaly a punto de llorar- que sería como siempre. Un sueño y luego su confirmación en la prensa, en la vida de un amigo, de mi familia, del vecino, qué se yo. No quise alarmarme ni decirte nada antes de estar segura.

Magaly y sus piernas, pensaba Alberto. Las mismas que hace cinco años se plantaron con su robustez en ese mismo consultorio, con ese aire acondicionado igual de ruidoso y los dos sillones negros que, en aquel entonces, relucían por nuevos. Era una mujer gruesa a la que quería en cada pliegue.

-Sigue estando Freddy, engañando a tu hermana. Y la engaña con una mujer morena, de cabello oscuro, corto y liso, que mira de reojo. Él quiere llevarla a la casa. No lo entiendes ¿verdad? -balbucea- Es que mi pesadilla es constatar el sufrimiento. No lo adivino, le pongo nombres, rostros. Con la de tu cuñado me levanto empapada en sudor y temblando de miedo. Él es violento, la golpea pero sólo la vemos cuando aparece amoratada, pero otra cosa es ver la escena, estar allí. Ver su cara cuando dice que meterá a su amante en la misma casa junto a tu hermana y los niños, ver la cara de tu hermana… Es horrible, Alberto.

-No podemos hacer nada. Él, él…
-Él es un cerdo pesado y nadie le creería a tu hermana, nadie quiere creerle, ni siquiera tu padre ni tu familia. Lo sé. Por favor, Alberto, ayúdame… Para qué insistir en sueños que sólo son una obstinada imagen reiterada de la realidad. Además ¿sabes? anoche hubo un cambio extraño.
-Coño, Magaly, te gusta enredar, por eso es que yo no…
-Anoche yo estaba en la pesadilla. Era una espectadora de esa obra imposible; estaba en las escaleras desde donde veía hacia el escenario. Vestía una camisa roja y un pantalón beige. Los demás, como tu cuñado, seguían con los trajes grises. Pero uno de ellos se acercó y me preguntó “¿cómo se llama la obra?”
-Magaly, en serio, no te entiendo.
-Espera. Escúchame. Nunca antes me habían visto en esas pesadillas. Él, el hombre ese me vio, me habló.
-¿Y sabes quién es?
-Estaba con tu cuñado, pero ya sabemos que él es uno de sus guardaespaldas.

-¡¿Te habló el jefe?!


-Me vio, Alberto. Me habló directamente. Sabe que vi todo sobre el chanchullo en la compra de las obras de arte; sabe que lo conozco y que lo reconocería en la calle.



Después de cinco años de terapia, Alberto comprendió que Magaly había traspasado otra puerta, otra dimensión en eso de soñar el futuro y que, en esta ocasión, vendría por ella, y tarde o temprano lo alcanzaría a él.


-Está bien, Magaly.  Déjame hacer unas llamadas. Trataremos de cambiar de pesadilla. Quizá con pastillas; no sé. Será mejor que te sientes. 

Mirando sus brazos y sus pechos casi desnudos, con la piel de gallina como un tapiz blanquecino que esa camiseta estrecha dejaba al descubierto, prefirió parecer amigable y tragarse el miedo.

-Toma mi chaqueta y póntela. Hace demasiado calor para apagar el aire. 





Todas las fotos son de Alexey Menschikov (Bednij)  http://500px.com/Alexey_Bednij 

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