Intención
Qué faltó agua
o
quemé poco laurel.
Seguí las instrucciones.
Lo recuerdo
como un almíbar
en su punto.
Los conjuros necesitan
ese tiempo musculado
tonificado
para que, según,
surtan efecto.
Recuerdo que hasta
me entregué al olvido,
al perdón completo,
como con aires de suficiencia
y viendo la tristeza
de lejos.
Creo que hubo un error.
Quizá no eran dos tazas,
sino una sin lágrimas;
o dos flores
pero sin tallo verde.
Algo pasó.
Quizá mi conjuro
se enredó entre
otros sentires.
La salud que tarda.
La renta que sube.
El amor que se retrae.
El cuerpo ardiendo.
El tiempo vaciándose.
Pero, contra todo pronóstico,
algo pasa,
mejor y diferente:
logro escribir
que algo se quedó
trabajado,
atascado en tus ojos
en mi lengua
en tus pasos
en mi esperanza.
Y esa mariquita
que masculla
equilibrio y buena suerte,
a la vez.
Puedo decirlo
y que respire la vida
entre líneas.
¿No es eso, en realidad,
el conjuro perfecto?






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