"Los domingos" de Alauda Ruiz de Azúa
Creo que una de las dificultades de la ficción narrativa centrada en la lucha y los contrastes -de ideas, de poderes, de amores, etc.- es no radicalizar a los personajes. Es muy fácil construir un andamiaje de contrastes: si Fulanito cree que su hija puede ir a un convento y la tía de la joven cree que es una enajenación propia de alguien adoctrinado, el debate estructura una narrativa del ping-pong.
Esto ocurre en "Los domingos" de Alauda Ruiz de Azúa, en la que, a partir de la ¿decisión? de Ainara, la protagonista de 17 años, de ingresar a un convento de monjas de clausura, se abre el debate sobre un posible problema de miras cortas, más propio de una adolescente con heridas no trabajadas, y la fe religiosa, que no necesariamente espiritual, que da la cercanía de los colegios religiosos.
De ahí que el discurso femenino radical sea tanto el de la monja superiora, dejando a Dios la decisión, como el de la tía de la joven, atea y tratando de que su amada sobrina comprenda que a sus 17 años el amor es tan apasioanado como inexperto.
Pese a esta radicalización que, por momentos, me pareció remarcada de modo innecesario puesto que la fe/razón sigue siendo uno de los debates más viejos de la humanidad, me quedé pensando en la joven y sus espacios. Creo que la presencia de las casas (paterna, la de la tía, el convento, la de sus amigos, la del coro..) hablan justamente de que el debate se da en espacios cerrados, es decir, con sus lógicas domésticas de funcionamiento, lo que explicaría que esa joven debe pasarse por todos para comprender que el debate fe/razón canaliza una dificultad mayor como es la sensación de cierto atrapamiento. A esta experiencia, la monja y el convento ofrecen esa apertura hacia el interior (sus jardines, por ejemplo), pero en el caso de la casas de la familia, no hay aires nuevos, no hay salidas a la playa o visitas a la montaña.
Lo mejor de esta circulación por espacios es tanto la definición de los personajes como su propio anclaje; no es solo la joven la que deambula; la tía, la monja, el padre también lo hacen por sus espacios; sin embargo, de todos estos, es el familar el que deviene en engaños, chanchullos y traiciones.
Por eso, no es extraño que sea la monja superiora la que mantiene el discurso más abstracto; y la tía, el más concreto, porque, en el fondo, para la joven es exactamente al revés: la tía, miente; la monja, no.
La joven, en realidad, no se debate entre su fe y la razón, sino entre un discurso abstracto de fe que le da una salida menos confrontativa con el dolor, la pérdida, los problemas familiares.
Aquí la directora acierta en plantarle cara a nuestra ambiguedad ¿realmente la joven sabe lo que hace? No lo sabremos nunca, pero ese es precisamente el punto de inflexión de un trabajo fílmico elegante y preciso.
La experiencia es religiosa al uso (no es sobre los modos de vivir o no una espiritualidad); y, por eso, no se trata de evitarla, sino de desentrañarla en su extraña apariencia.
Me ha gustado mucho cómo, esta vez, pese a cierta radicalización -que tambiñen está en los otros trabajos de la directora- el conflicto se nubla mejor para todos, creyentes o no.






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