"Zama" de Lucrecia Martel: la historia perdida
En el marco del 5to. Festival de cine latinoamericano de Barcelona, he podido ver "Zama" (2017) de Lucrecia Martel. Lo primerro que pensé al verla fue en el cuento "El coronel no tiene quien le escriba" de García Márquez. Este cuento es de 1961; la novela homónima de Antonio di Benedetto, en la que se basó Martel, es de 1956. Es decir, dos relatos cercanos en el tiempo con el mismo eje: la vejez de figuras públicas y jeráquicas cuya decrepitud no viene por la vía de la decadencia física, sino por el silencio administrativo y burocrático, amén de la corrupción y el saqueo de esas instituciones, al que son condenados. De esta condena se van enterando solo en tanto crece la ansiedad por la carta que no llega ni llegará (otro de los motivos más interesantes de personajes anclados en la espera, pero sin la resolución de una Penélope, por ejemplo).
Tanto la película como ambos textos abordan la decrepitud del sistema dejando que nos preguntemos por qué estos personajes son condenados de ese modo. La respuesta, en el caso de Martel, es la magnífica puesta en escena donde los esclavos, las mujeres indígenas (con el hijo bastardo y enfermo incluido), las mujeres espectrales, los baúles que andan solos, el silencio suficiente para las voces de los niños o del mar, los esclavos bellos y ridículos con las vestimentas al estilo palaciaego, o las pelucas con el calor insufrible son, entre otros, los registros de las razones del olvido: Diego de Zama es directamente responsable de esa escenografía que, al paso del tiempo, aunque se mantiene en mejor forma que él, recuerda su propia corrupción, su falta de sentido común (de ahí el golpe a Avellaneda) o su propio despropósito.
El último tópico me llevó al "Corazón de las tinieblas" (1899) de Conrad y, por endem a "Apocalipsis Now" (1979), y de Coppola, pero también a "Doña Bárbara" de Gallegos y, su nos apuramos, a "Huasipungo" de Jorge Icaza: la selva deviene en devoradora de hombres y solo sus habitantes verdaderos, los nativos, logran salvar/se/la. La tierra ya ha sido devorada antes por estos hombres blancos que han expoliado el territorio y, de alguna manera, la selva y sus habitantes lo saben y van a por ellos o, al menos, van a cuestionar y exaltar lo espectral de sus figuraciones.
Por eso, en "Zama" no hay grandes angulares; los encuadres son cerrados y algunos generales, pero ya la tierra, sus mares y árboles no están para mostrarse en su grandeza con un gran angular (como en los westerns) sino, para descuadrar a Diego de Zama y dejar que los bordes hablen sobre la decadencia de la gesta colonizadora, sus heridas en la gente del entorno, la absurda relación jerárquica con el reinado, lejano y displicente, cuando no corrupto en sus gobernantes locales y cercanos.
"Zama" es un cine obligatorio, formal y temáticamente, para comprender cómo cuestionar los relatos históricos desde la secundariedad del personaje principal. Por eso, no es posible tener o sentir empatía por Diego; imrportan mucho más, su hijo enfermo, su mujer indígena, la esclavitud, la lucha a muerte por las riquezas de la selva que acaba en locura. Y que si él ve o no fantasmas, me parece realmente el mejor modo de canalizar el delirio de su propia vida y de los que solo quieren la tierra para expoliarla.




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