A diferencia del desamor, el amor puede ser una decisión animada por la ternura y, especialmente, por la comprensión de nuestra vulnerabilidad. Aki Kaurismaki lo dice con un poco más de sorna y con personajes desprotegidos de cualquier modo de protección social. En cambio, Avelina Prat con "Una quinta portuguesa" lo plantea allí donde, la clase media y media alta (formada por profesionales o personas que han heredado bienes de su familia) tiene también su talón de Aquiles: el rechazo de sus iguales (sus parejas, amigos o de ciudades que los asfixian).
Aunque el tono de "y tú más" circula por la historia de sus personajes que, al ocultar quiénes son, por sobrevivencia adoptan una nueva vida, el tema de las des-identidades se mira con una narrativa que apuesta por no sabotear esa especie de comprensión a rajatabla que los personajes reciben y dan de manera recíproca.
El profesor abandonado por su mujer debe disimular ante sus compis de universidad, la dueña de la quinta, con familia colonialista , también se esconde de un pasado del que ella poco o nada hizo salvo estar en esa familia. Y la enfermera Olga usurpando espacios llenos de dolor pero ocupados por sus sueños.
Decidir filmar con un ritmo acorde con esa comprensión sin fisuras pasa por acompasar los diálogos con pocas miradas subjetivas y por mostrar la coherencia entre esos diálogos y la verdad de quiénes son esos personajes con una cámara que los observa y ellos no (se) defraudan. Es una apuesta a la integridad en medio de la decisión de mentir. Equilibrio ciertamente complicado y que se salva porque, de nuevo, no se cuestiona el ser comprensivo. En películas de otredades, no suele ser común esta aproximación narrativa.
Es una película entrañable porque respeta a sus personajes perdidos, y su estatus social es el que es. Que el tema de la desidentidad es una opción para sobrevivir en medio de una vida hecha, también es válido, aunque sea eso hablar de una sociedad que, a veces, se idealiza.
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