20 de noviembre de 2016

Siluetas





                                                     Foto de John Gutmann

Volví a enfocar su figura uniformada en la mirilla del rifle. Nada. Mi blanco se movía de nuevo; parecía inquieto aunque apenas salía del espacio esquinado. Mi papá siempre ha dicho que en estos menesteres hay que armarse de una infinita paciencia. Cuando era pequeña no entendía ni infinita, ni menesteres y mucho menos  paciencia, pero sí armarse; quizá lo comprendí  de tanto ver  su silueta  recortada sobre la puerta de su habitación mientras me mostraba cómo alinear   arma, dedo, mano, muñeca,  brazo, hombro y ojo. Una línea,  Andreína, se es uno con el arma; no lo olvides.  De eso se trataba, entonces, de  no deshacer la alineación perfecta para engañar a la presa reteniendo el ritmo del propio cuerpo.   Así que apunté de nuevo a Bruno y esta vez aguanté la respiración.  Al verlo así, distraído con los carritos y  quieto como un poste, pensé en lo que había dicho mi mamá antes de irse a la boda del tío:  ese disfraz de bombero le quedaba precioso a mi hermano.

17 de octubre de 2016

Públicos y secretos




                                                        Fotos de Thomas Bàrbey

¿Qué somos?, me preguntaste una semana o un año después,
¿hormigas, abejas, cifras equivocadas
en la gran sopa podrida del azar?
Somos seres humanos, hijo mío, casi pájaros,
héroes públicos y secretos.

Roberto Bolaño, Godzilla en México. 

I
Primero uno y luego el otro abandonan la habitación del hotel.  Los labios de él aún arden. Debe de ser el frío, piensa  mientras  duda sobre dónde estará exactamente su coche en ese parking repleto de furgonetas. Los labios de ella también arden. Debe de ser la sed, piensa mientras duda sobre si esperar el bus o aventurarse a caminar un buen rato y despejarse con el viento frío en su cara. 
Con los pies helados, él ya palpa el cuerpo tibio  de su mujer que a regañadientes se arrima hacia el borde de la cama. 
Ella, con ese pijama grueso y desteñido, sigue rebuscando algo de comer en la nevera.   
A ambos les resulta agotador el juego. La próxima vez -lo han prometido- llevarán agua y comida.  El desempate no puede desbaratarles de nuevo los cuerpos.   Sería como un jaque mate prematuro y descuidado,  impropio de inexpertos ansiosos; con eso -lo saben ahora que duermen y quieren soñarse- correrían el riesgo de ser irremediablemente invisibles. 


  II  
     -Escribí cien veces ‘te quiero’ y en vez de agradecérmelo, arrugó el papel y lo tiró al suelo diciéndome que era una enferma, que tenía problemas. Es un estúpido, mamá.  

Marina intentaba calmarla. Conocía ese llanto agudo atrapado en la garganta; esos  papeles arrugados de hartazgo;  las conversaciones telefónicas intempestivas y colgadas abruptamente;  ese amor con portazos que olvidaban en el salón su exigencia de ser más querida, o aquella ocasión que por  enésima amenazó a su exmarido con suicidarse, con quitarle a Lara, con demandarlo y dejarlo en el hueso hasta humillarlo de por vida.  

Marina abrazó a su hija con fuerza; necesitó algo como un aire menos enrarecido de su pasado para susurrarle al oído: “sí, mi amor, tenemos un problema”.