19 de julio de 2017

oficina intervenida


                                                               Foto de Fan Ho
Asisto a un alumbramiento.
Justo en mis narices
los chicos al final de la oficina

Recorro la pantalla de mi computadora,
alzo un poco los ojos -no mucho, la verdad-
y surgen del cuadro tizianesco para recordar
cómo es que se doblega una sombra

Amago escritura golpeo teclado
enter
parpadeo
los escucho animar el espacio este laboral
tintineo del click.

Si él y yo fuéramos amantes,
 me tendría a toque de mirada larga.
Seguramente, nos haríamos señas;
soy miope, nada de mímicas, suplicaría.
Que la   dislexia me altera y voy dejando gazapos antes que señuelos.  
Mi cuerpo enloquecería  ante esos equívocos ridículos
pero escandalosos.
Prescribiría  solo si nos enfadásemos
para volver a teclear y levantar los ojos

Ellos son amantes cálidos.
Ella lo seduce -juega limpio lo tiene cerca-
lo abraza al hablarle.
Él escribe para retrasar la despedida de la noche
aunque luego toque cerrarla con ella.

Los tres nos quedamos  hasta muy tarde.
La oficina registra nuestro sedentarismo
las manos manchadas
los ojos cansados
los amores posibles
y hasta los imposibles.
Este espacio se teclea
y así (nos) surge.

Ellos son discretos.
Desconocen que  cambiaría un par de cosas de mi vida
mientras los escribo.

Puede que esos amantes fracasen,
-nunca falta alguien muy razonable
que aún deambula en el vértigo de una herida-.
Puede.
Pero eso solo lo sabe un abecedario desparramado
sobre cualquier piel de oficina.









29 de junio de 2017

mandíbulas deplazadas

                                                             Foto de Mario Dondero
Esa mañana el diagnóstico fue una flecha jeringa con punta convencional.
Era verano. No hacía falta humillar. 
Ella pudo esperar un par de horas. 
No sé; acaso 
hasta  salir del bar con el croissant y el café a medio masticar.

Es una deformación -me dijo.
Bastaron pocos minutos para arrojar una ira matutina 
-la nocturna es menos traicionera-
sobre nuestras bocas.
Me pareció que se regocijaba
siendo pesadilla dolida ante la imposibilidad
 de ser algo menos ordinaria. 
No podría afirmarlo con seguridad. 
Algunos diagnósticos son hilos de nylon
a punto de llevarse el dedo amoratado. 

mamá miope ciega -me dijo. 

La mandíbula dolerá y los dientes 
serán mordidos tragados
por el paladar -me comentó.
No hacía falta que desplazara sus ojos al teclado
para detectar su rictus. 

Su boca caída ha pasado ahora a ser mía -me digo.
Mis dientes se mueven sin darse cuenta
arrastrados a morder sin ritmo.
Están perdidos en mi boca. 
besan lamen mastican sin control,
esta boca no tiene cómo sujetarlos.
Doctora imbécil.
Aquella mañana de verano
la hubiera mordido.
Pero ella introdujo sus boca linda en la nuestra
y habló por nosotras,
me quitó el habla pero me dejó los dientes
serpenteando calores.
A mi boca la atajan todos los insomnios desde entonces. 

Este reverso me llegó con hambre.
El calor la deshacía,
me dejaba sedienta.
Me fundí un rato largo 
en el único banco con sombra de toda la rambla,
y el recuerdo de los dientes
que me mordían el futuro de hablares incomprensibles.

Pude haber perdido toda la boca
la última vez que defendí la vida a dentelladas. 
Todo sigue igual, menos mi boca  mordiente
casi no diciente. 
Me quedan las uñas y la lengua.
Espero que tarden en llegar convertidas en garra y látigo.
Prefiero un banco con una sombra y limonada fría,
aunque el calor apriete
y no haya boca ajustada para morderlo.
  



14 de junio de 2017

Conversación pendiente (I)


   Saul Leiter. Menú - París 1959                                                              

Joyce comenta con frecuencia que Matt y ella raramente están juntos a solas, salvo en la cama.
-Y él leyendo algo importante.
Mientras ella lee algo sin importancia.
Alice Munro, Ficción
¿Qué ves mientras esperas el entresueño?
La puerta de la habitación,
el lavabo de  baldosas italianas escogidas con
esa elegancia caprichosa traída de tus viajes
-¿nos besamos en algún momento de azulejos?-.
Y el perchero
casi desnudo;
nunca nos inquietó.

 Espera, date la vuelta. ¿Recuerdas mi espalda?
Te arrullabas mirando fijamente
una cortina amarillenta
extenuada por el vaivén del viento
que insistí en dejar entrar cada noche.
Era un amago del olvido.

Tu espalda fue costumbre
como  curva necesaria para recorrer mi mañana.
Olerte, así, con esos pijamas cortos a rayas de navidad
-la familia regala vestidos de cama
para dos que duermen juntos
sin habitarse.

Te veo a mi derecha y de espaldas y
eres ese lamido incesante.
Mi terquedad
apenas me ayuda a
 seguir contándote los lunares
en secreto
más de cien  según si sudabas o te vestías de prisa
o llorabas porque mataron a Mario, tu amigo de la infancia,
allá en tu ciudad
donde han decidido anhelarse sin conocerse
con tal de conjurar los aires de espanto.

Junto a mi
te llegó el desengaño.
Con lunares y pijamas de regalos, apenas te rozo,
aunque delire por tu curva
o tu andar escandaloso por la habitación.

Te levantas temprano para alargar las piernas cansadas.
La memoria  de tu cuerpo
sabe  del  deseo extraviado.
Vas directo al baño
sin girarte.
Ya no preguntas dónde estará el gato.
Puede que yo esté con otra mujer.
Esta habitación ya no interroga.

Fue lenta mi
entrega a tus curvas,
ahora huidizas a cualquier hora;
de ese retablo pecoso
descubierto milagrosamente
por una ligera sábana.
Comenzaste a dormir desnuda
y yo terminaba una novela estupenda.

Mañana,
cuando te hayas ido
me acostaré en tu lado
y veré -espero ver-
a un tipo tranquilo
sin mayor oportunidad para ti
más que una ventana roída desde la primavera pasada.
Alguien estará metido en sus cosas
seguro de que los asuntos pendientes
-como algunas palabras-
no compiten con los urgentes.

                                                               Bernard Plossu