martes, 28 de octubre de 2014

Nubes terrenales I




Llevo casi tres años fotografiando nubes. No soy fotógrafa ni meteoróloga; solo me gusta saber que desde mi teléfono celular puedo enfocar hacia el cielo sin muchos cálculos  y fijar un momento de su esplendor. Intenté estudiar a las nubes, sus múltiples nombres que dependen de sus formas… pero digamos que en la teoría dibujada el cielo es muy ordenado, pero cuando  miro hacia el cielo y veo hasta casi cuatro tipos de nubes retozando entre ellas -aunque en el fondo sé que no se tocan por sus difrencias de altura- la inmensidad vuelve a ser un mapa  sinuoso e incomprensible.
Pero mi incapacidad para aterrizar la teoría de las nubes in situ bajo el cielo, no ha sido obstáculo para seguir apuntando hacia él  con libertad, sin intentar captar algo especial, o más bien, haciendo especial ese trozo de cielo que se me queda grabado en el celular. Porque las nubes, puede que por efímeras, van diciendo que ellas son el aquí y el ahora. Exacto, si tuviera que elegir una metáfora del tiempo escogería mirando –o fotografiando-  a las nubes. Ellas son esa corporeidad huidiza y cíclica que, creo, son dos de los rasgos más obvios del tiempo.
Mi archivo de fotos no sigue un patrón de belleza, luz o enfoque. Hay de todo y a casi todas las horas, al menos hasta donde ha dado de sí la cámara del celular; alguna que otra la tomé con mi cámara digital. Por ahí hay fotos de todos los sitios a los que voy. Tampoco los registro; la fecha del archivo me permite dar el salto temporal y ubicar una foto específica. Pero he sido más bien distraída con mi archivo. Voy tomando y guardo, como un tesoro. No sé. Sin plan alguno o con el plan de seguirlas y ya. 
Escogidas al azar, aquí van tres de septiembre del 2013.

16/09/2013

 17/09/2013

20/09/2013


Suena extraño eso de airear este tipo de fotos cuando, en realidad, han surgido de ese momento de aire –creo que cálido pero con visos de lluvia, en la segunda, por ejemplo- que es propio de las nubes. Me gustan esas fotos con picos de edificios o de árboles, cableados atravesados, terrazas incompletas. Son el marco perfecto y, nunca mejor dicho, los pilares hacia la tierra pero no en una combinación exacta, sino justamente, en desorden, en desproporción. ¿Acaso el cielo no es aboslutamente desporporcionado para los que vamos debajo de él?  A ver qué sale de estos nuevos caminares.

lunes, 23 de junio de 2014

(Des)orden bajo sospecha: sobre “Experimento a un perfecto extraño” de José Urriola


I.
Es la primera vez que escribo sobre la novela de un amigo. Antes de internarme en su primera novela “Experimento a un perfecto un extraño” (2012, Sudaquia Editores), José Urriola me había gustado mucho en su particular novela gráfica “Chupetes en la Luna” (2012, Thule Ediciones) donde ya se establecía un diálogo entre esta tierra y un afuera tan desconocido como la luna pero al alcance de la mano en nuestras casas a través de la retransmisión televisiva de un viaje espacial. Asimismo, me han ido cautivando con el paso del tiempo el humor, la solidez estructural o los cambios de giros que animan sus narraciones ficcionales y no ficcionales que vierte en su blog Rostros de viento.

En esta línea, por ejemplo, van sus ocurrentes y acertados aforismos -sus Post-its- que como recordatorios son una mezcla de discursos (aforismos, notas, comentarios, diálogos, entre otros) donde la destreza con el lenguaje se combina con la capacidad crítica de irrumpir sin estridencias en la cotidianidad. Por todo esto, podría decir sin mucha vergüenza que soy su amiga por lo que escribe y por su modo de plantearse romper con las narrativas “tradicionales”. Largo hemos conversado sobre esto y en poco nos hemos ido poniendo de acuerdo, pero eso es precisamente lo que me lleva a continuar esta breve nota sobre su novela.

II
Una novela va más allá de textos breves bien diseñados o de frases ocurrentes. O quizá, lo mejor de “Experimento...” es que sin dejar de lado esas líneas discursivas y narrativas que Urriola ejercita con buen pulso en sus producciones breves, la novela es ante todo un juego en dos niveles simultáneos y complementarios. El primero es el juego intertextual y discursivo: la novela como espacio para el juego interdiscursivo (guión, apartados, prosa poética, etc) y, el segundo -casi que como reverso de lo anterior- la expansión delirante de la identidad del personaje. Este juego que es en definitiva el de las identidades narrativas y discursivas puestas en permanente diálogo y cuestionamiento, viene acompañado, además, de un rasgo fundamental de la narrativa de Urriola: la apuesta por la ciencia ficción y su relación con lo que ya desde Philip K. Dick se plantea como la ficción paranoica.


Paranoia

Si una ficción paranoica implica la configuración de un imaginario colectivo dominado por la sospecha, el delirio o la angustia de saber que hay una otredad amenazante como rasgo inequívoco de un mundo distópico, “Experimento...” se inscribe de lleno en esta tradición de la ciencia ficción. Con ecos literarios de fondo, Philip K. Dick o Georges Orwell, entre otros, la novela  explora la saturación psíquica de P.L. en un futuro concreto (septiembre de 2015),  convencido -aunque veamos sus dudas y olvidos- de que él no existe como ente autónomo o más bien y quizá el rasgo más interesante, de que es así porque hay un Ente que  controla y domina su vida, y que ésta no es más que las consecuencias naturales de una narrativa existencial impuesta.

Por esta vía, P.L. nos habla tanto de la desfiguración del yo, de la búsqueda del sí mismo en el otro (los otros, los discursos de los otros) así como de la duda sobre si existe o no esa fuerza exterior -extraterrestre, parece- que dictamina el hacer vital.
Ante esta sospecha P.L. decide suicidarse. Mejor aún, como está convencido de que toda su vida -su familia, sus amigos, sus amores- no es otra cosa que una exploración maquinada, suicidarse deviene en un acto liberador que desarticula el guión pautado previamente para él.

Todo es una conspiración en su contra. Esta confabulación le dispara el delirio así como su eterno insomnio. Al mismo tiempo es un ser incapacitado para “dejar de pensar”; toda su vida es una recreación angustiante por momentos de sus historias, de sus cuentos, de sus fantasías. Por todo esto, cuando finalmente parece ser cierta la teoría de la confabulación en su contra, decide no sólo romperle el posible esquema al Ente sino que, por fin, desconectarse de tantos discursos insomnes.

La sospecha sobre la confabulación de un otro que atenta el devenir más cotidiano es, sin duda, el centro temático de la novela. Sea él mismo en su constante desdoblamiento como personaje de otras historias, o sea que el Ente exista y lo vigile, la ficción paranoica de “Experimento...” pone en evidencia la locura, el delirio y lo fragmentario como espacio de reflexión sobre la angustia vital ante el Poder como centro de la distopía contemporánea.

Discursos del yo-como-otro

En este inicio in extremis, P.L.se ha suicidado dejando la novela que vamos a leer en su mesa para que su amigo -el primer narrador- la encuentre, se la lleve y “sepa” toda la verdad. Este escritor fallecido, sin embargo, no cuenta con el hecho de que a su amigo, aturdido por su suicidio, se le caerán los folios de la novela, desperdigándose y perdiéndose un orden dado que jamás habría manera de reconstruir.
De nuevo, el posible orden de la vida (novelesca) depende de un otro. La combinatoria, pero sobre todo la mirada de un otro sobre cómo arreglar discursos de otros, nos remite a la figura del escritor-narrador tanto como a la del sistematizador; como si la fragmentariedad inicial de la novela desconocida diera paso al juego de las combinatorias. La novela, entonces, se inscribe en lo aleatorio como estética para el imaginaro del escritor casi enloquecido por la mediación de discursos. El Otro -ente o yo-como-otro- domina la escritura como espacio para ordenar una memoria caótica, unos recuerdos dudosos y una mirada insomne sobre sí mismo.

Imposible no recordar aquí a Eduardo Liendo con sus novelas El mago de la cara de vidrio (1973) , Los platos del diablo (1985) o Si yo fuera Pedro Infante (1989), por nombrar sólo tres de una obra narrativa esencial y de referencia obligada en el tema del desdoblamiento de los personajes a través de figuraciones del sí mismo como otro y de los juegos discursivos que caracterizan la búsqueda inútil de la identidad propia en el ámbito de la novela venezolana. O del magnífico cuento “El difunto yo” (La Tienda de Muñecos, 1927) de Julio Garmendia donde ya lo extraño, lo fantástico se armaban en torno a la figura del doble en la cuentística venezolana.

En este sentido, “Experimento...” despliega una serie de discursos como esas extensiones del yo. Los capítulos remiten a su vida y sus amores con sus amantes, Melanie, Misha y Elsa, y se expanden a través de géneros muy concretos como la prosa y reflexión poéticas en el apartado Heroína en la pista o su Disertación desatinada sobre el sexo; la crónica delirante sobre la figura de Ana y la teoría del Microsuicido (uno de los mejores como texto del desdoblamiento en escala mínima corporal: un miembro en vías de suicidio); su crítica al canon literario; el comentario sobre la explicación del camuflaje -clave discursiva de todo el texto pues nos vamos mimetizando en el proceso de citaciones y referencias tras las cuales nos escondemos al tiempo que nos mostramos como únicos, o eso pretendemos-; o el guión de cine para cuestionar ridiculizando la terapia psicoanalítica al ritmo de secuencias fílmicas.

En este sentido, del mundo de las referencias literarias (Baudelaire, Rimbaud o Ángel González) o fílmicas (Monty Python) tanto para canalizar el humor y la auto parodia como para establecerlos como enlaces vitales, me gustaron especialmente dos: el soundtrack y la obra gráfica de Enki Bilal. Podría decirse que “Experimento...” es un libro con su propia banda sonora. Es posible leerlo escuchando al mismo tiempo las canciones que P.L. recuerda o escucha como parte de la escenografía del momento. Por allí, entonces, aparecen canciones de grupos antológicos como Cocteau Twins (This Moratl Coil) de The Cure (Pornography), The Sister of Mercy o My Bloody Valentine, discografía como enganche extratextual.
La admiración de Urriola por Bilal -y por la novela gráfica como género narrativo fundamental- se despliega en su novela. Bilal como todos los demás, entra como la refracción de un momento. El espejo y el camuflaje, la confusión identitaria: Misha, una de sus amantes tiene un afiche del cómic Julia & Roem (2011) elaborado por Bilal en una apuesta de nueva adaptación gráfica sobre “Romeo y Julieta” de Shakespeare.




La imagen de Julie dispara el dispositivo de la mirada. No sólo es Misha, su amor, su amante, es Julie, es sobre todo Jill Bioskop, la otra gran representación del mundo femenino de Bilal.




Así, las imágenes de los amantes se expanden hasta confundirse las miradas, los cuerpos y los sexos: “A veces lo hice con Julieta mientras me observaba Jill Bioskop. A veces la voyeur fue Misha mientras yo lo hacía con Jill. A veces Jill espiaba mientras me metía dentro de Misha. Y así, a veces un beso se lo daba a Misha mientras penetraba a Jill y mientras Julieta me acariciaba la espalda y me daba ánimos con su mirada voyeur.”

P.L. se difumina en el cuerpo de Misha con la misma intención con la que consagra como mujeres de su fantasía sexual a las de Bilal. Esta devaneo con las imágenes es otro modo de tenerse consigo en la medida en que se dispersa -su mirada y su cuerpo- más allá de sí mismo.

Paradojas

Todo delirio es un modo paradójico de asomarse a la vida. Se es y no se es al mismo tiempo. Si por un lado P.L. se queja -expresa- que hay un Ente controlador de su vida, por el otro, la propia escritura de su novela es un Gran Hermano sobre su propia vida. Se vigilia, se escruta, se desmantela; es el foco obsesivo de su propia indagación. El Gran Hermano lo vigila al tiempo que él desarrolla su propio estilo de vigilarse. Como aquel personaje de Truman, del filme The Truman Show (Peter Weir, 1998), P.L. rompe con su vida controlada -o con la idea del control- una vez que rompe su propio estilo. Si en el film de Weir, Truman destruye la escenografía vital diseñada por otros para los que él era un experimento del reality show, para P.L. romper el escenario implica acabar consigo mismo. Se suicida precisamente porque ha descubierto que todo él no es más que un objeto visual en perpetua observación, incluida la propia. Su fin narrativo y discursivo es un acto de autonomía. Aún así, el gran relato en el fondo, es menos experimental, puesto que P.L. se rebela, por decirlo rápido, en contra de un narrador omnisciente, de una presencia oculta que controle sus pasos. Se rebela contra el hecho de que otro cuente su vida pese y, esta es una de las paradojas, contarse sea el único modo de establecer la autonomía y la libertad.

Por último, me hago preguntas sobre aspectos concretos de la novela. Por ejemplo, ¿la dispersión del personaje justificaría el inciso del canon? Me encantó el tono crítico y contestatario, pero el apartado me pareció una pieza suelta, sin engranaje seguro con el resto del delirio. Creo que como cuestionamiento hubiera valido para cualquier otra área profesional. Otra pregunta, ¿por qué habiendo desarrollado el delirio se emplea con exceso la reiteración no ya del personaje sino del mensaje? Es decir, tanto las reiteraciones y excesos de adjetivaciones -"valga toda esta introducción delirante y desaforada porque es necesario que en este momento les hable de Elsa, una persona tan exageradamente terrenal, tan concienzudamenre racional, que acaba siendo el ser más extraplanetario que cualquier ser humano se pueda cruzar en esta vida"- como cierta tendencia a la contraposición (que si ya lo es la estructura y el personaje pues a veces me chirriaba) "nosotros (...) ya somos suficientemente extraterrestres como para hacernos más marcianos aún", son señales de que estamos delante de una buena y (pero) de una primera novela.

¿Por qué las mujeres de la vida de P.L. aparecen como histéricas insufribles e imposibles de complacer? O, más aún ¿por qué todas las rupturas se deben exclusivamente a ellas, a ciertos cambios de giro que dejan fuera a P.L. como si éste y sus delirios no hubieran contribuido en algo a esas rupturas? Las mujeres no pasan de ser unas a las que "les suele encantar un loco o un depresivo (he allí mi dicha y mi condena)”. Sí, P.L. se entrega a las mujeres pero sólo porque le recrean sus propios delirios y´aún así, él queda a salvo. Ellas se llevan la peor parte. ¿Delirio del ego? Puede. O, quizá, errática del ego y de la mirada que afectó el estilo.
Quedan otras interrogantes pero no, volvamos, es una primera novela y mis dudas son sólo uno de los modos en los que la acompaño. 

III
Que el mundo de ficción de esta pieza narrativa haya comenzado allí donde todo acaba coincide con el sentido último de mi comentario. Creo que escribir sobre esta novela de mi amigo José, coloca la amistad en el final de un camino; todo dicho, todo ha sucedido pero probablemente, lo mejor es que la amistad -como la del amigo final- se encarga de ofrecer lecturas, posibles órdenes y miradas que intentan sobre todo no traicionar al original y, sin embargo, vamos y nos arriesgamos. Si las paradojas son fundamentalmente no opuestos sino formas complementarias de entenderse, José sabrá seguirme si organizo mal su original; se me cayeron todos los papeles cuando comprendí que en este mundo hiperconectado, la identidad del que escribe precisamente en contra del control hiperexpuesto, siempre deja más bien un halo de nervio y, cómo no, un miedo a la locura del ojo del otro.









sábado, 18 de enero de 2014

Brevísima historia de libros en mudanza

Cada mudanza supone recomponer la existencia. Desarmar la casa para -con la esperanza, la fe, la necesidad- de que en ese otro lugar, surja un hogar y  adquiera fisonomía protectora, altiva y hermosa.
Mis libros me han acompañado durante muchos años. Hoy los embalo, de nuevo, pero ya no es lo mismo. Me enfrento a la primera mudanza de todas: dejar la piel de los libros tal y como la conocía, vivía y sentía hasta ahora. Antes eran mi pasión, una parte de mí. Hoy me recuerdan -mal verbo para una piel tan bien llevada- que ya no son, ni podrán ser. Han pasado a ser un poco adornos de biblioteca. No he dejado de leer, de escribir, de revisarlos -los de cine, sobre todo, son mi cabecera vital-. Pero si hay una muestra de que las cosas mudaron antes de que al menos ahora los tenga que cambiar de sitio, no tengo dudas: me recuerdan; así como suena. Me traen un modo de ser que fue, un modo de vida que ido dejando de ser sin que pudiera mantenerlo más tiempo. Siguen  colándose porque no sé vivir sin ellos, y sin embargo, han ido bajando de tono, de intensidad.
Tenerlos o no tenerlos no me da igual. Sigue importándome y mucho leer -y ni hablar de las novelas que aún tengo en mi mesa de noche; esas irán en mi bolso, bien pegados a mi talle, para no olvidar terminarlos. Pero y luego qué, me pregunto ¿Volverlos a colocar en orden en una biblioteca que va quedándose como extrañadel hogar?
Básicamente, se trata de mudarse pero creo que esto de que los libros se hayan ido de mi lado, que ya no podamos mantenernos juntos como indispensables... para esto creo que no estoy lista. Y aún así, debo seguir embalánolos. Y yo con ellos.
Los libros han sido mi hogar. Quizá por esa razón, moverlos es saber que me introduzco en esas cajas sin saber muy bien dónde ponerme luego. A ver si con este viraje, volvemos a reunirnos. No como antes. No espero que medie la nostalgia. Reuniros y volver a querernos. O algo así.
Puede que en esta historia, para catalizarla, como dirían algunos, falta reconocer un rato más las calles que parecen páginas de libros. Volverán a mudar. Quizá pueda volver a esperarlos.


                                                        On the Shadow brick road
                                                                 de Abdo Shanan