29 de agosto de 2016

Provisiones


                                      Fotograma de Coffee and Cigarettes de Jim Jarmusch



Abandonan, primero uno y luego el otro, la habitación del hotel. Los labios de él aún arden. Debe ser el frío, piensa  mientras  duda sobre dónde estará su coche. Los labios de ella también arden. Debe ser la sed, piensa mientras duda sobre si esperar el bus o aventurarse a caminar un buen rato. Él con los pies helados, ya palpa el cuerpo de su mujer que a regañadientes se arrima hacia el borde de la cama. Ella, con ese pijama grueso y desteñido, sigue rebuscando algo de comer en la nevera.  A ambos les resulta agotador el juego. La próxima vez -esta vez sí, lo han prometido- llevarán algo de agua, comida y tabaco.  Un posible y nuevo empate no puede volver a desbaratarles tanto las noches.  Sería como un jaque mate prematuro y descuidado   y con eso - lo saben mejor ahora que duermen- correrían el riesgo de ser definitivamente invisibles.

1 de agosto de 2016

Urgencias


                                                          Fotos de Saul Leiter



Me despertó su grito sedoso. Me asusté. No era una pesadilla.  Lo que hubiera dado por levantarme y verle la cara. No llegaría a tiempo a la ventana cerrada; además, con la persiana echada  apenas si podría ver algo antes de que ese grito cambiara de escena y de tiempo. Siempre es así. Las declaraciones de amor, las peleas, los sarcasmos, las risas o los monólogos telefónicos, todo eso pasa en segundos. Las  voces son  retazos de vida que la gente va dejando por las calles, convencida de que al estar vacías y tomadas por la nocturnidad, aunque sea de día, además de solas  también se quedaran  sordas. Todas las calles tienen escuchantes, gente como yo que se despierta por esas voces; como con cualquier  visita incómoda, hay que aguantarlas como se pueda.   Odio el ruido de las motos y de los camiones, el de los coches que esperan en la acera con el motor encendido, el de los amantes que no terminan de despedirse, el de los besos y simples murmullos que  retumban contra la ceguera de las paredes, el de los insultos; todo eso suele venir aderezado con la luz naranja de la farola cuyos reflejos delinean mis sábanas cuando me descuido. En esos momentos creo que el tiempo tarda demasiado en destilarse. 
De todas las voces nocturnas más allá de mi ventana, la de ayer fue la primera que me atrapó. A su dueño me lo imaginé alto, algo rubio y esmirriado. Mientras gritó, reconocí el tono de  barítono, de chico  que no se mete en líos, de uno al que es mejor cogerle por el pecho y robarle los besos; de los que luego van solos y para los que el empujón del inicio no es ceguera, ni estupidez; quizá timidez o quizá un pequeño despiste para disimular el deseo y la erección. De los que prefieren acercarse por detrás y susurrar al oído antes que mover las manos a una cuadra de distancia.
¡Dejadlo ir, por favor!
Al principio fue una orden. Su voz era suave, ya lo he dicho, así que aunque la orden fuese más bien amigable, nadie le hizo caso.
¡Dejadlo, por favor!
Angustia.
¡Soltadlo, por favor!
Ahora sí, ¿7, 8 veces?
Súplica.
¿Cómo es que podemos escuchar una voz de seda implorando para que no acabaran con el otro?
Su voz aumentaba pero los golpes eran mudos. Como en las primeras películas, los sonidos estaban allí pero no había cómo registrarlos.  La cobardía es eso: insonorizar los cuerpos, el propio o el del otro; tanto da.  Desde esa insonoridad visible, la voz nombraba a  alguien a quien le daban una paliza. La clemencia tardaba y enmudecí.

De algún modo, suelo intentar ahuyentar  a los que pelean debajo de mi ventana. Hago algo de  ruido para advertir a  los de la calle -¡Epa! Un vecino, nos miran. ¿Qué se yo?- pero que no despierte a mi marido ni a los niños. Duermen como si sus sonidos internos estuvieran en sintonía con el universo. Yo debo tener un cortocircuito oxidado porque escucho todo lo que trae la noche a mi calle. Mi amago de ruido es inocuo, lo sé. Me aterran  las peleas, entonces me levanto y golpeo  rápidamente la persiana para no darle tiempo a la desgracia.  Esta vez, justo cuando iba a levantarme, la voz suplicante comenzó a alejarse. Se movían todos pero yo sabía que la ira apretaba y agostaba el tiempo. 
Entre mi latido y mi asfixia sonora y muda a la vez escuché un ¡Corre! ¡Vete! ¡VETE! Esa misma voz señalaba el camino de huida  hacia el rumbo sonoro.
¿Por qué  escuché  sólo su voz? ¿Cuándo la afonía se apropió de los golpes, las caídas, los tropezones? Esos cuerpos están hechos de látex. No sonaron, no emitieron quejidos; en algún momento esas otras voces  aprendieron a acallar las palizas. Con un tiro todo es diferente; si queremos, podemos confundirlo con un fuego artificial. Es lo que hacemos algunos ingenuos o necesitados de otros recuerdos para el futuro.
Al que golpeaban lo habían amordazado. Lo comprendí a la mañana siguiente. Porque mi calle es ruidosa y aguda;  ella recoge sonidos y luego me obliga a desentrañarlos para que la entienda. Soy yo quien habita aquí; ella vive la ciudad.
El chico sonoro no succionó ni una gota de ese tiempo sordo.
Él lo liberó.
Hoy la calle amaneció  igual de estrecha  y yo un poco  más sorda; ambas sufrimos los embates del insomnio; a ver si esta noche llega otra voz de seda menos urgida excepto, quizá, de que la escuche. 


11 de julio de 2016

Low cost




                                                     Foto de Thomas Barbéy
Tomarás los vuelos en clase turista.
Como todos, creerás que tus piernas y tu cuello caben en el asiento
todas las horas, tantas horas de vuelo.
Serás un viajero más, pese a los garabatos de tu libreta.  

Tu reloj impaciente y aletargado,
perderá camino en el segundo vuelo.

Llegarás a tiempo, de todos modos, para ver la primera nevada.
Te espero tanto que ya olvidé si traes equipaje.

Vendrás discreto y sudoroso desde el aeropuerto.
Una mesa con vino y algo de picar.
Me morderás los labios, toda, entera.
Te morderé los labios, todo, entero.
Esquiarás encendido.
Me desarmaré para ti.

No tardes.
Porque un minuto más  me habré deslizado
sin control del borde
sin mover tan siquiera mis sábanas.  

Caducamos antes en los labios que en la boca.
Aún así,  no habrá espacio para abrazos low cost.
Ni miradas.
Ni quejas.
Ni futuros.
Sería como faltarle el respeto a las libretas y poemas 
que nos soñaron lejos -como escapados, un rato, no más- de algunas medianías.