26 de mayo de 2017

Arritmias de un día feriado





Un disparo multiplicado.
Recibí órdenes
Voy a ver mi mujer
A una de las tres. Hoy es miércoles.

Un jueves, entonces, un fraude.
En esta advertencia de viernes,
nos quedamos embotados
con los latidos a mil por hora
y un cuerpo expectante ante un día venidero
tan prometedor en su ansia por atrapar
a los que nos equivocamos al firmar
 hace tan solo un día y dos años.

Una mañana de agosto
una sobada a la fuerza  en el ascensor.
Si no es la puerta,
me aplastará la cara contra el cristal
para que aprenda una pendejada, no más.  
Correré y cruzaré la  avenida sin mirar. 
Haré bien en no cobrar el trabajo
porque los ascensores así destruyen el tiempo.

Un domingo en la playa
te llaman porque se ahogó
el que una vez -también- disparó,
Duele. Sin peros.

Un lunes te aumentas los pechos.
Los más grandes se llenan con los minutos de silicona
para que el tiempo corra detrás y no delante de uno. 

Un martes a las 12:50
me avisan otro fraude
de tiempo engañado
y un espasmo doloroso en el estómago
me anuncia una infinitud de tristezas.

Una madrugada de abril dices que la espalda te hace ver tu destino.
Un dolor más y el tiempo se diluirá
sin remedio
entre las vértebras rotas
por el disparo de un hombre 
que veía espíritus 
sin saber tan siquiera dónde estaba el suyo.
 Un sujeto vaciado de tiempos.
Que cuando folla y besa
cree tocar siempre a otras. 
Cualquier día -entidad suya, no mía- lo esperan para abofetearlo. 

Un jueves soleado no atienden tu llamada.
Te alcanza el ruido postergado que eres
 hasta afinarse el oído como cuchilla nueva. 
Un día como hoy 
ha llegado un desconcierto
que invade el tiempo entre latido y tecla.
Por eso escribo rápido.
Hay un ancla
antes de que toque orilla
esa ola de  locura
que traen los días feriados.
.

24 de mayo de 2017

Tejedura


                                               
                                                      TEJEDURA 91/37 GEGO

Ninguna de mis abuelas aprendió a tejer.
Nadie quiso enseñarles.
Una afrenta al hecho de nacer
Una añeja rueda fue cada montaña
-le dicen barriga de embarazo-.

A mis abuelos también les afilaron
las mañanas sin razones.

El desdén heredado
circuló como  la sangre
rápida  silente vivita  coleando
Por momentos, logramos no acordarnos
con el que nos parieron luego.
Fue por falta de lecciones para tejer
un punto de cruz
o la ceguera de hacerlo
allí donde solo había ovillos enmohecidos.
 
Mis cinco o seis abuelas
Mis tres o cuatro abuelos
algunas muertos, todos reimaginados
¿quién quiere una real?
que no teje ni un café
¿quién quiere uno imaginado?
que  sabe cómo nos quedará el abrigo al ver el estambre en la vitrina.

Cada nombre es un hilo fino largo
con extremos tomados por dedos amarillos
que terminaron enredados en la cabeza, después del golpe, de la caída.
En mi casa de seis o siete abuelas
-todas inventándose el pan de maíz pilado-
apenas si hubo hilos.
No en el patio de casa, no.
Si existieron,
ocuparon el trastero de un alcohólico
que es el olvido.

Hay locuras tejidas a mano
con una dificultad exquisita
-el encaje de bolillos que llevo en el sueño-.
¿Encaje de bolillos cuando las balas entran
a la poca heredad que nos van dejando?
Hoy es un rezo de un cuerpo en torsión
dentro de la boca del lobo. 

Hubiera querido que uno
de esos abuelos
espantara el desamor
con un matamoscas
estilo ganchillo,
a mano abierta.

Ajusto el foco: sí, hubo uno que lo hizo.
Agarró el mango con todas sus fuerzas.
Atinó sobre la cabeza del abandono.
Otros  arrimaron los sustos de un plumazo
pero cosieron nuestros nombres
con  aliento enloquecido
 y nos enredaron
las vías los puentes los silencios.

Cuánto miedo dejan a su paso
bobinas de locuras
que giran sin retroceder
que giran porque huyen.
Escapan porque  se saben girando.
Retazos que se buscan -con calma muda-
un día tras otro.

Ellos lo supieron sin salir mucho de casa.
Todo fue siempre muy discreto.
Incluso el ocultar que en su vida  encaje alguno
les había adornado la mesa
la cama
los deseos.

Hubiera querido una pasamanería entera para ellos.
Para que escaparan, si querían,
no sin antes desear algo de esa finura
como equipaje y alguna promesa cábala
que decorara la habitación de paso.

La gente cree que los encajes son ridículos.
Mis abuelos -seis siete ocho-
no encajaron
no nos encajaron
Y vivieron con eso,
que ya es mucho.
Entonces, lo que la gente crea,
es siempre un dedal de cerámica:
más ruido hace un ala rota
traída por el viento de la tarde.


,



 



19 de mayo de 2017

Talón de Aquiles

                                                Foto: Pere Noguera

I
Hoy ya es un decir.
He amanecido con los pies sobre la tierra
                               ¿Es así? ¿No?
                               Así es como esperas que fluya
                              la línea
                              los pies en firme posición.
                         
Enraizada con esas sábanas sin viento.
Tú allí
con la voluntad del rodeo
  Flotando.
 Incluso, si la miras de cerca,
 admiras esa mi robustez
                             ¿A qué tanto llanto, mujer?
                              ¿A qué viene el olvido del tiempo y sus dobleces?
Esa fuerza en mis tobillos sin ligamentos.
                                 Podría ser peor, muñeca.
II
Entonces ya es un decir
Erguida me miro al espejo
Pata coja, pata coja de yoga
que revienta la grasa acumulada sin dejarla escapar.
No me caigo
                               No te caigas, mujer. No miraré (advertencia del tiempo roído por mal uso).

Esperas que me mantenga.
Me lanzas esa esperanza
Me lastima esa pelota de nieve a la cara
pero por la espalda.

III
Mañana ya es un decir
Puede que lo habites.
Pero dejarás como si nada, palmada en hombro, beso furtivo,
esa esperanza maleta
No hay hilo de Ariadna
No se ha perdido una ruta
ni se ha encontrado un laberinto.

Es un árbol de mujer que hace la pata coja
O la pata coja de un árbol ahí
sosteniendo.

IV
Hoy ya es un decir.
Ligamentos frágiles de tobillos que equilibran
las distancias, sin éxito.
                                     ¿A qué tanto palabrerío, mujer?
                                      ¿Qué todo pasa? Claro. Lee, anda. Lee.
Volverán el viento y el calor
y dolerán los tobillos en noches húmedas
de sol y hierba seca.
Estaré firme.
Y te mostrarás hasta compasivo.
Te odiaré  por eso.
                            ¿A qué tanto odio, muñeca mía?
                            ¿Acaso viste una maleta entre tus cosas? He sido cauteloso.

V
Olvido ya es un decir
un refrán de bocas desnortadas.
De caminantes ansiosos
por cerrar la noche
lejos de estas calles sin mapas
sin laberintos
sin hilos.

Olvido ya es un decir sin mito que lo enaltezca.
Por eso,
lo más seguro,
es que pasarás de puntilla
por alguna que otra raíz-pata coja
del camino.