19 de noviembre de 2015

Mudanza


La desolación que sienten los delata. ¡Todos quietos! Dice uno por allá al ver el camión en la entrada. Se habían acostumbrado al solar abierto, a los chaparrones interminables y cerrados; corrían encantados mostrándose entre ellos sin máscaras, con sus manchas y sus ojazos enloquecidos a plena luz del día. Pero aquellos hombres del camión llevaban dos lunas llenas atiborrando el solar de cemento,  de plantas incomibles, de muebles pomposos. Tocará volver al ritual de siempre, pensaron  tan resignados como aturdidos. Siendo animales  inmemoriales, los camaleones aún no entendían por qué debían seguir simulando ser otros para sobrevivir.

14 de octubre de 2015

Salario bruto








Foto: Night at the Circus. Nina Leen (1949)



Se dirige a la jaula de los leones para demostrarle cuánto se equivoca. Al ver su paso decidido todos en la carpa enmudecen. Abre la puerta y entra. Sus pasos ligeros alteran a los dos leones; lo rodean oliéndolo. Él, sin moverse, se agacha, siente los hocicos en su cara, se levanta. Sale despacio sin darles la espalda ahora que se han sentado. Cierra la puerta. Todos aplauden. Camina hacia su padre, lo abraza y le susurra al oído “Encontré la jeringa vacía; habrá que ser más cuidadosos si quieres seguir con esto”. “¡Relájate, chiquillo! El jefe está casi convencido de tu valentía y solo nos quedan dos cuotas de hipoteca”.

7 de octubre de 2015

Cuatro en fila





  I

“Ponte en la cola, como todos”. La mirada del vigilante fue casi un empujón y, escapada del cole, Irene prefirió no buscar problemas, así que ocultándose entre los niños corrió hasta el final de la fila. Desde allí daba saltitos para ver si lograba calmar su sorpresa. Sobre todo, quería comprobar antes de que llegara su turno y la payasita le entregara caramelos y globos como recuerdos de la fiesta. Si conseguía saber si esa mujer disfrazada y maquillada de payaso era su madre, regresaría a casa segura de dos cosas: no preguntaría más por la nueva oficina y no deambularía por ningún otro parque. Quizá, hasta dejaría de escaparse.

II
“Ponte en la cola, como todos” dijo Julio con una sonrisa tan generosa que Miguel se emocionó.
–¿En serio te gustaría que te dijeran eso cuando murieras?
–Pues claro. Miguel, aún eres un novato, pero debes saber que en este negocio nosotros dejamos de hacer colas; nos acostumbramos rápido a llegar, a hacer nuestro trabajo y largarnos tan pronto como podamos. Una pistola siempre te abre las puertas y desbarata las esperas.
–Pero, Julio ¿cómo crees que Dios nos diría eso?
Pisoteando el cigarrillo contra el asfalto y tratando de sonreír como antes, Julio respondió:
–¿Y quién ha hablado aquí de Dios, carajito?
III
“Ponte en la cola, como todos”… Como ese pendejo se vuelva a salir, le pego un tiro. No joda ¿Qué se piensan estos? ¿Aquí? Aquí mando yo. Claro, estos muertos de hambre creen que tenemos que calarnos sus arranques ¿Y qué si tienen que esperar para comprar comida? Será peo mío… Deberían agradecer que el Coronel nos dio órdenes de no perder la compostura. Coño, ya está la vieja esa otra vez… ¡Ah, no! Mejor, se metió. ¿Y la carajita ésa tan buena ya entró? ¡Qué rápido! Seguro que si le hubiera podido decir que tengo mi mercado hecho en la comandancia, me resuelvo la noche. Qué ladilla aguantar a este gentío. El Coronel ése, medio mamita, como que  se peló: si esta gente se pone intensa y vaina, yo ¡pum! Plomo y listo. Porque si no me pongo pilas, no asciendo. Alguna cosa así de arrecha tendré que hacer ¿no? Porque de colas no se vive.
IV

“Ponte en la cola, como todos”. Con esa indumentaria de bata y delantal amarillentos  y pantalones desgastados, mi abuelo parecía aún más extraviado en el tiempo. Traté de llevármelo a la habitación para darle su medicina. ¡Qué te pongas en la cola, Marina! Lo solté de golpe. Ya conocía esos días en los que me ordenaba irme al final aunque me tocara mi turno y el silencio eterno que hacían mis primos y mis tíos cuando lo veían así. No quise estropearle la fiesta. La guinda era la cesta que llenaba de naranjas  y nos las repartía junto a la cháchara de su época de campesino. Obviaba, eso sí, el cuento en el que la cosecha se quemó y con ella mi abuela. Y que desde entonces, en cada cumpleaños nos recordaba así vestido cuánto me odiaba aún por haber estado jugando con fósforos aquella mañana lejana y calurosa de julio.



Relato aparecido en el nümero 52 de Los hermanos Chang