11 de julio de 2016

Low cost




                                                     Foto de Thomas Barbéy
Tomarás los vuelos en clase turista.
Como todos, creerás que tus piernas y tu cuello caben en el asiento
todas las horas, tantas horas de vuelo.
Serás un viajero más, pese a los garabatos de tu libreta.  

Tu reloj impaciente y aletargado,
perderá camino en el segundo vuelo.

Llegarás a tiempo, de todos modos, para ver la primera nevada.
Te espero tanto que ya olvidé si traes equipaje.

Vendrás discreto y sudoroso desde el aeropuerto.
Una mesa con vino y algo de picar.
Me morderás los labios, toda, entera.
Te morderé los labios, todo, entero.
Esquiarás encendido.
Me desarmaré para ti.

No tardes.
Porque un minuto más  me habré deslizado
sin control del borde
sin mover tan siquiera mis sábanas.  

Caducamos antes en los labios que en la boca.
Aún así,  no habrá espacio para abrazos low cost.
Ni miradas.
Ni quejas.
Ni futuros.
Sería como faltarle el respeto a las libretas y poemas 
que nos soñaron lejos -como escapados, un rato, no más- de algunas medianías.

18 de mayo de 2016

Toby



                                              Fotos de Elliot Erwitt

 Los amaneceres son ciegos como gatitos
Adam Zagajewski, Oda a la suavidad.



Quizá porque tres días después de nacer, mis papás decidieron salir de los cuatro perros que tenían por mascotas y que los habían hecho más amigos que pareja, nunca he querido a ningún animal cerca de mí.  Nací mal, a duras penas, casi me muero por una infección. Llegué a este mundo dándoles un coñazo a mis papás en el centro de su ilusión. Los hijos pagamos caro ese exabrupto pero mi fragilidad corporal siempre me ha servido para eludir esas miradas de extrañamiento que aún hoy mis viejos me siguen echando.
Me he calado a las  mascotas de los demás, especialmente a los perros de mis amigos; gente que te enseñan al perro recién nacido, comprado o regalado, para que le hagas mimos, te enamorares con solo acariciarlos, mira cómo te mira, y yo mientras,  pensando  que esos cachorros pueden acabar con la raza humana porque nacen de a montones en un solo parto, porque estos amigos pasaban a hablarles como si fueran niños confiando, claro, en que estos animales los entendían a la perfección..
Sospecho que  esa gente que regala o vende perros en el fondo se alegra de poder  salir de esa inusitada cantidad de cachorros que  llegan en partos nocturnos (yo diría que hasta oscuros).
También estaban los conocidos que sujetaban a sus perros mientras con sonrisas estúpidas sostenían con fuerza las correas de  aquellos animales enfurecidos por una presencia insólita que les disparaba el olfato o qué se yo, y sus dueños allí, agarrando esa correa con tal nervio que mientras te iban diciendo “pasa, pasa, tranquilo, tranquilo, no muerde, solo se altera ante los desconocidos” tú te has cagado de miedo sin entender cómo siendo visitante asiduo a esa casa o jardín, ese perro seguía ladrándote como la primera vez. Pero los dueños de los perros creen sabérselas todas con sus mascotas; así que si el dóberman te enseñaba los dientes, tranquilo, Mario, no pasa nada… ¡Mira que eres cagón!
 De todos modos, no creo que mi historia de odio (recíproco) con los perros deba considerarse  una señal de que las cosas terminarían mal con Cecilia. Hoy todo el mundo quiere ver en gestos así respuestas de por qué una historia de amor se va a la mierda o al cielo. Todo el mundo desentraña señales clarísimas para explicar que ya la cosa iba mal desde que nos vimos la primera vez. O sea, si a ella se le derramó el jugo de naranja sobre el vestido en nuestra primera cita, porque una señora chocó su cochecito de bebé contra la mini mesa inestable donde ambos tomábamos tranquilamente nuestro primer desayuno después de una noche de arrebato total, coño, ¿ves? Mario, ¿es que no te das cuenta? La vaina empezó mal. Eso significaba que ustedes tendrían serias dificultades para tratar con los demás, que los demás les pondrían trabas… Coño, Mario, ¿no lo captas? Viste lo que quisiste, man; no te diste cuenta de que la cosa iba a ir mal desde aquella vez que estuvo sentada todo el rato con cara de culo en el matrimonio de Fernando. No joda, man, la sacamos a bailar todos y esa caraja ni se dignó a ir al baño;  no se orinó encima porque de lo amargada que es, tiene la vejiga deforme.
No me jodan, mamagüevos. Tardamos en saber, como mínimo, la simbología de cosas más simples como la de los colores o la de los signos zodiacales que todos leemos por no dejar (como si un oráculo  es más potente que la propia necesidad de buscarse a sí mismo), y aun así, dale, venga, a leer el sino trágico de nuestra historia en aquella vez que unos hijos de puta nos robaron todo con pistola en mano, cuando en modo  comando  entraron al edificio y nos desvalijaron. Mamagüevos.
No. No seguí viendo a Cecilia, y si en parte fue culpa de su dóberman –tenía dos rottweilers más que no tuvieron nada de culpa-  sobre todo lo fue de ella.  Cecilia fue mucho más fiera que esos tres perros juntos: se tiraba a mi primo al mismo tiempo que a mí. Lo prefirió a él porque ella quería a alguien que la representara. Nunca le he dicho  a mi primo que eso mismo me había dicho ella cuando le pregunté por qué tenía tres perros en esa casa modesta: porque le gustan a mi mamá y porque esos perros me representan. Me cuidan. Nos cuidan.


 El odio actual y ya definitivo que siento hacia los perros viene del miedo que experimenté  un año después de esa confesión,  en la que ella dejó escapar al dóberman. Ella dice que se le escapó; incluso se ofendió cuando le insinué que no la había visto muy dolida por lo sucedido. Quizá, sin embargo,  debería darme por doliente al recordar sus gritos desesperados ante la sangre y el trozo de pierna que su perro me estaba mordiendo. Lo cierto es que sin yo apenas haber atravesado el umbral de la puerta, su animal se le escapó de las manos cuando ella intentaba dejarlo en el jardín y cerrar la puerta corredera. Los otros dos estaban guardados, bien enjaulados, porque ya nos habíamos querido lo suficiente como para que ella tuviera la delicadeza de guardar a sus perros cuando iba a visitarla. Por esa misma ley, nunca un amor me resultó tan programado: si no llamaba al menos 15 minutos antes de llegar, no podía ir a su casa de sorpresa. Si llegábamos  juntos, ella se bajaba una cuadra antes. Yo me quedaba en el carro esperando a que ella entrara en su casa.
Perro escapado, mordiendo mi pierna y ella gritando no sé qué y déjalo, suéltalo, y yo no entendía si le hablaba al perro o a mí ¿No ves que es un perro, estúpida? ¿No ves que no te entiende? ¿No ves que me está mordiendo…que hay sangre…?
-Dale una patada- le grité casi a punto de desmayarme del dolor.
-¿Cómo?
Sí señor. Eso fue lo que me preguntó.
-¡Quítamelo, quítamelo, quítamelo!
Grité y lloré como no lo hice al nacer.
Cecilia tardó sus segundos hasta que por fin le dio un batazo en la cabeza. Turbado y medio libre de su mordida, siguió dándole batazos hasta que lo reventó.
Luego, la historia se abrevia en las pérdidas. Me había quitado un trozo de la pierna,  la carne desgarrada apenas tapada ya por el pantalón roto, mi carne en el  hocico del maldito. Llevo ya tres implantes de piel. Tres putos implantes y todavía la hendidura perfila la mordida.
Ella luego me contó que después de llevarme al hospital y salir de esa urgencia, no se atrevió a entrar a la casa. Su vecino, el  bombero, lo hizo por ella; luego llegó su mamá de viaje y terminó de limpiar la mierda. Durante casi una semana los demás perros no salieron del jardín y apenas de las jaulas. Eso sí fue curioso: Cecilia, con su acostumbrada voz compungida que ponía o le salía cuando hablaba de sus perros me dijo: están tristes, nos huelen, saben que estamos mal por Toby…
Así que se llamaba Toby....
Fue cuando comenzó a acostarse con mi primo. Que se llama Antonio pero le dicen Toñi. Huelga decir que aún me duele la pierna y cojeo cada vez mejor; sigo odiando a los perros, nunca más he vuelto a  hablarle a Cecilia y apenas me le acerco a mi primo durante las celebraciones familiares. Camila, mi novia de ahora, es alérgica a los gatos; creo que es una buena señal. Me  ha costado mucho vivir pero si tengo que nacer por tercera vez,  no lo haré buscando bates  de béisbol por si acaso. De ahora en adelante, seré  yo el que miré extrañado a los demás.

21 de abril de 2016

Retazos de vida

"Juntas dos cosas que no se habían juntado antes. Y el mundo cambia. La gente quizá no lo advierta en el momento, pero no importa. El mundo ha cambiado, no obstante." Así empieza "Niveles de vida" (2014, Anagrama) de Julian Barnes. Todas las combinaciones son posibles solo si logramos detectar ua veta, una conexión que descubra sentidos o que  al menos permita resignificarlos y, en ese gesto, recuperar el aliento, recobrar algo de la razón que se diluye ante las sinrazones de las pérdidas o los dolores.

Veta: me recuerda cuando unas profesoras me contaron de un trabajo de campo sobre la vida de los mineros de El Callao; jóvenes que se entregaban a horas infinitas haciendo de topos. El día, la vida, todo podía cambiar si lograban encontrar ya no un poco de oro, sino la veta, como la líneas de la vida de esas paredes ajenas al sol y, por eso mismo, el espacio para sacar lo mejor de las sombras, aunque eso implicara dejarse la vida.

Dejarse la vida en tratar de abandonarla con dignidad fue la  combinación que surgió de golpe el día que vi "Truman" (2015)  de Cesc Gay y "Dallas Buyers Club" (2013)  de Jean-Marc Vallée. De todas las escenas de esta última,  la de la cámara de las mariposas es una de las abiertamente más simbólicas y sugerentes.  Ron Woodroof  traza,  sin saberlo,  la delgada veta que separa la vida y la muerte, su vida y la muerte de la entrañable Ryon, su propia muerte y la mejor vida que dejará a los pacientes y enfermos por el virus del VIH.


Podría decirse que la combinación entre ambas películas es obvia  puesto que  a través del tema de la enfermedad y la inminencia de la muerte  tanto Ron como Julián, en Truman, caminan hacia la muerte. Pero mientras Ron combate contra grandes corporaciones farmacéuticas que controlan las medicinas  en sí mismas tóxicas, Julián se va despidiendo de su entorno con  amabilidad y resignación de vértigo; normalmente, no aprendemos ni sabemos  cómo irnos, cuando somos conscientes del final,  porque pasamos media vida tratando de saber cómo quedarnos.


Y luego está el libro de Barnes sobre esas conexiones que va creando para contarnos sobre la dolorosa pérdida de su esposa, su duelo y su viudez con una prosa serena que desgrana  una intimidad que no por herida deja de ser acogedora.
Por eso los tres relatos me cautivaron;  lo sombrío no suele tardar en llegar cuando no sabemos qué hacer con la vida ni con la muerte. Pero cuando pienso  en estos relatos sobre  cómo  irse o de hacerlo de un modo menos violento que la causa que los expulsa de la vida, entonces, es cuando me animo a realizar conexiones de palabras y películas; algo de esa intimidad hecha más de retazos de vida que de jalones de muerte va marcando el camino hacia la salida de cualquier mina que se nos atraviese y nos encandile con sus prometedoras e inextricables vetas.