25 de noviembre de 2014

Lotería (Nubes terrenales IV)

I
 Si tuviera que elegir un momento en el que  apostar era un solo juego, me resultaría imposible no hablar de "la Maracucha". En el mismo bloque donde crecía de niña, vivía una familia a cuya abuela se le conocía por el gentilicio de los oriundos de la ciudad de Maracaibo,  lo que  para mí aumentaba aún más su aire extraño y cercano al mismo tiempo puesto que fue  la primera persona a la que identifiqué por su nombre y su origen sin saberlo y, lo mejor,  sin que fuera importante saberlo con exactitud.  Era una mujer muy mayor de aquellas cuyas arrugas acogen a la gente de la casa, a los que viven con ella sin mayor necesidad de definir las filiaciones, si era la abuela, la madre, la tía o la prima mayor de la familia.
La Maracucha era conocida en todo el edificio porque vendía lotería en su casa o, mejor, en una habitación que recuerdo pequeña. A partir de las seis de la tarde, era costumbre que la gente fuera a comprarle el "terminal", la cifra de dos números que se apostaba para diferentes loterías del Estado: Caracas, Zulia y Táchira. Se jugaban los terminales deseados en cualquiera de las tres o, incluso, en las tres se combinaban tantos terminales como  dinero disponible se tuviera. No era costoso. Es más, parte del éxito radicaba en que la Maracucha podía vender  desde su casa lotería porque sus precios eran más que populares.
Este recuerdo es lo que hace que el pasado haya sido un buen lugar. Esta lotería domiciliada como un vecino más, no hacía sino familiarizar a los vecinos con un vicio que, al menos en ese momento y dadas las cantidades más o menos modestas de los premios, no estaba vinculado con el enriquecerse de la noche a la mañana. La lotería en ese entonces resolvía peos, como decían, peos del mercado, que si una factura, que si una cosa que falta... Luego fue cuando vino la época de los botes mil millonarios, pero para entonces,  la vida en Caracas también se definía por el aumento progresivo de locales de ventas de lotería mientras el Estado  había ido añadiendo más y más juegos de apuestas necesitados de máquinas expendedoras que superaron, hasta agotarlas,  las transacciones domiciliales como las que hacía la Maracucha. De más está decir que el aumento de la cantidad de posibilidades de apuestas no era ni remotamente proporcional a la probabilidad de ganar algo.
Pero en los tiempos de la Maracucha era una aventura salir de casa, recorrer el largo pasillo hacia la suya, entrar, recibir ese amarillo pollito de las luces mezclado con el olor de alguna cena en preparación que daba a todo un aire cálido aunque los familiares de ella no eran especialmente así y hundirse hasta el final del pasillo interno hasta llegar a su habitación.
La Maracucha era una mujer  bajita, con el cabello gris y fino recogido hacia atrás en una trenza. Se encorvaba sobre un escritorio de madera más viejo que ella, graso de tanto roce de mano, bolígrafo y papelitos mínimos donde ella nos entregaba la copia hecha con papel carbón de los números pedidos mientras ella se quedaba con el original.

Por supuesto que no estaba en los aires familiares que nos hiciéramos adictos al juego. Ir a comprar era parte de eso que en Venezuela se llama "hacer un mandado": tanto daba si era para  comprar el pan dulce de la merienda, el helado de leche en vasito de plástico  que vendían otras señoras en el mismo edificio o ir a buscar "El Mundo" el diario vespertino con el que mi mamá quería cerrar el día después de regresar del trabajo. 


II

Ya desde el mes de agosto, es posible comprar en España un boleto (un décimo) para el sorteo especial de la Lotería de Navidad. Parte de los bombos y platillos con los que se anuncia el sorteo del 22 de diciembre, radica en la campaña publicitaria que cada año -como desde los tiempos remotos- se invita (seduce, insta, engaña...podemos achacarle todos los atributos o despropósitos de cualquier publicidad) a la compra de un décimo. Si en la de años anteriores aparecía un mago, en la de este, se apela al más rudimentario estilo realista (o sea, dramón del bueno):  un señor llega al bar de siempre dándose cuenta de que todos los allí reunidos han sido ganadores de la lotería gracias al décimo que compraron en ese bar, el de siempre o el casual, da lo mismo. Este señor no ha comprado nada. Total que el dueño del bar le había guardado un número (el ganador) y el señor comienza a llorar de alegría. 
El anuncio no ha dejado indiferente a nadie. Ya hay por allí preguntas del tipo ¿ilusión o miedo? haciendo referencia a cuáles son exactamente los sentimientos a los que apela el anuncio. La lotería siempre ha sido como un horizonte: está allí, vemos esa línea lejanísima que, quizá por eso mismo, soñamos no tanto con acercarnos como que se nos acerque, nos alcance, nos pille con boleto en mano y podamos resolver peos, como siempre. 

III


Un golpe de suerte siempre se desea y el juego es sólo una de sus figuraciones,  el cuerpo del horizonte en el bolsillo. No he conocido a nadie que desee la mala suerte, es más, dicen que desear mala suerte es como desear la muerte: no se puede ser  más tonto e ineficaz en la vida pues el azar (y en eso también la muerte se nos adelanta) marca las horas y el verbo en esos deseos solo es una expresión del amplio espectro de cretinismo que (nos) acosa como la terquedad al  ignorante ante el peligro.  Jugar, sí. Me gusta acercarme a la lotería sin pensar en el azar,  queriendo probar, tantear, con números  "especiales" (el nacimiento de, el día que, la hora aquella que...) y  que resultan tan anodinos como otros. Claro que me gustaría un buen golpe de la buena suerte, pero si tuviera que escoger entre jugar y apostar, me quedaría con el primero. Apostar es enfrentarse de lleno al azar, como un contrincante venido desde el horizonte a demostrar no quién es sino cómo somos delante de él, así, en las distancias cortas.  Jugar se parece más a tontear con el horizonte, como si pudiéramos alcanzarlo sin necesidad de discutir su lejanía, su caprichosa estampa distante. Como cuando iba a casa de la Maracucha y con los números en el bolsillo pensaba en  el helado de leche en vaso de plástico que vendía su vecina. Como cuando no hay necesidad de encontrar una figura pero se mira hacia las nubes por si acaso ese día el azar y la mirada logran quererse en el mismo punto del paisaje. Otra forma de ganarle un minuto a la muerte y a la mala suerte.




IV 
Creo que la Maracucha murió no poco tiempo después de que nosotros hiciéramos nuestra mudanza, algo más terrenal que la de ella. Mientras veía por enésima vez en la tele el anuncio de lotería, volvía a preguntarme dónde estaban el azar, la ilusión o el miedo en casa de la Maracucha. No los vi por ningún lado lo que no implica que no estuviesen, quizá, algo más bien distraídos; ahora no basta con hacer un mandado. Demasiados peos los han puesto en guardia. 






19 de noviembre de 2014

Breves de un meteorito: apuntes sobre Jorge Carrión

 En la presentación de su más reciente novela,  "Los huérfanos", Jorge Carrión comentó que Librerías había entrado en su vida como un meteorito. El haber sido primer Finalista Premio Anagrama de Ensayo de 2013,  había convertido a su libro en un devenir de entrevistas, lecturas y reconocimientos posteriores y, digo yo, en  concordancia con la calidad literaria avalada por el premio. Era un meteorito en medio de una planificación, decía, de la trilogía "Las huellas" que entonces ya había dado lugar a la novela "Los Muertos" (2010, reeditada en el 2014), y tocaba el turno a "Los huérfanos",  para luego cerrar el año próximo con "Los turistas" y completar así el proceso sobre memoria histórica en relación con las (des)identidades en
su ya particular imaginario postapocalíptico.

Podría decir lo mismo. Más bien me gusta pensar que la escritura de Carrión pasó por varios estadios. Había leído sus artículos sobre la crónica latinoamericana y conocí sus aportes  como profesor universitario en algunos de sus cursos, pero poco más. Luego vinieron los libros.

Sí,  Librerías llegó con fuerza a mi casa en su cuarta edición. Gracias a la generosidad de los regalos,  he ido disfrutando de esa estupenda cartografía intelectual y emocional a través de la librería como lugar emblemático de transacciones económicas, culturales y vitales, desde una mirada escrutadora entre la crónica, el diario, la anécdota y el dato histórico. Son de esos textos imperecederos en la medida en que nos descubre que las librerías son antes todo tiempos espaciados y espacializados donde  actualizamos una forma de ciudadanía. Recorremos, cómo no, la historia de Charing Cross Roa, Shakespeare and Company o la Librería Bertrand, entre otras, pero sobre todo recorremos las ciudades que las han cobijado y cómo  han sido transformadas por el emplazamiento de esas librerías. Espacios de lectura y de  reunión tanto como de acogida o de tertulias, de presentaciones, galerías de arte y cócteles como de comercialización e intercambio cultural. (Mis breves apuntes no dan cuenta de la belleza del libro;  por ello más y mejor en "Jorge Carrión: Relacionamos las librerías, sobre todo, con el deseo y la pasión" )




Sí, luego  leí "Los muertos". Encontrarla en la biblioteca y devorarla fue más o menos un mismo gesto. Y casi un error. No sólo porque no podía subrayar el texto al encontrar una frase que me gustara (que sí), sino porque la novela y su juego de universos paralelos, sus otros textos insertos que corroboran y al tiempo que desmontan la verosimilitud de la principal historia narrada, me iba dejando en desorden. El  lápiz hubiera marcado por ejemplo, la presencia de los "Nuevos", los que tienen una segunda oportunidad de existir intentando rearmar sus huellas identitarias. Hubiera remarcado la idea de que estaba frente a una serie de televisión y sus dos temporadas, y hubiera resaltado en amarillo el artículo  de Martha H. de Santis y el epílogo de Jordi Balló Javier Pérez.  Balló y Pérez ficcionalizados...me pillaron. Y me encantó. Hubiera seguido rayando el libro marcando las descripciones precisas, las elipsis bien tramadas  y los saltos temporales entre párrafo y párrafo. Finalmente, y dejando el lápiz sin usar a un lado, terminé en internet buscando a Marta, a Balló y Pérez, indagando sobre la serie de televisión y su éxito. Jugué un rol de lector desprevenido. (Hablaría más de la novela, pero la brevedad no quita intensidad: "Los muertos" de Jorge Carrión por Jordi Corominas i Julián    y el artículo "Utopía cibernética" de Juan Goytisolo) 



Sí, antes de "Librerías"  y "Los Muertos",  Teleshakespeare  me premitió -sin poder subrayar, otra vez, de la biblioteca-  repensar los vínculos entre las series de televisión y el arte, pasearme por series como "Los sopranos", "Dexter" o "The Wire", por ejemplo, como paradigmas  narrativos televisivos, por un lado,  como fenómenos de recepción y reanimación de la pequeña pantalla, cada vez más interesada en mostrar productos de altísima calidad visual, estética, concpetual y temática por el otro,  y, finalmente, como artefactos culturales diseñados desde estructuras y tramas míticas y narrativas de la Literatura, con mayúscula. Sí, las interrelaciones entre la narrativa audiovisual y la literatura no sólo se amplían sino que salen de cierto marasmo casposo en el que el canon literario ha querido instalarse como código no transferible, negociable, trasladable o, simplemente, asumible en otras esferas. Lejos de desmejorar el debate, Teleshakespeare pone en juego la idea de desmontar las series como espacios de alteridad narrativa para la litetarura. Como lo ha hecho el cine y, por ello mismo, con sus aciertos y sus ensayos. 


 No, no me he leído "Los huérfanos" pero por sí la crítica. En mi personal recorrido, me ha gustado esta entrevista. Ya se andará. Espero. Porque hay algo que me cautiva de esta prosa; creo que es su esmerado interés en construir una novela que cuente y sea artefacto al mismo tiempo. Así que, tiempo al tiempo.


Pero el libro que he deshecho a punta de  marcas de lápiz y de repasar sus páginas como un teclado ha sido "Crónica de viaje" (en su reedición del 2014 por Aristas Martínez). Es decir, el meteorito llegó sin aviso y sin permiso para exponer su rotunda convicción sobre el juego de las identidades a partir de la interacción entre la palabra escrita y el formato virtual instalado en el libro. La identidad del libro es ser un artefacto tanto como Google puede ser un libro con el que se puede diseñar la identidad o, mejor, es jugar, imitar, intentar teclear tanto como leer fue la apuesta literaria que me cautivó. Una de las otras muchas posibilidades de entender lo que se conoce como juego literario. 
Este juego entre componer, recomponer y descomponer las identidades de los sujetos y sus medios, se realiza a partir de la historia familiar,  el viaje íntimo (no privado) de la memoria y de Carrión y sus familiares en búsqueda de aquellos sitios, espacios, fotos o recuerdos donde vivió José Carrión, su abuelo. Recorrer la geografía que va desde Barcelona hasta Granada, sí, y también recorrer las páginas como pantallas del ordenador, con infomaciones y datos sobre preguntas clave de la identidad (catalana, claro, pero también así, en general), pero, sobre todo, detallar las fotos o detenerse en las entradas sobre la migración y sus significados o insertarnos en las aplicaciones virtuales (Google Earth, su blog personal,  enlaces, etc.) como espacio de contenido simbólico y afectivo así como enclaves del propio viaje, todo esto hace que el viaje físico y memorial hacia el abuelo, nos interrogue sobre nuestros modos de recordar justamente a esos familiares o conocidos que vivieron y murieron mucho antes de que toda la tecnología virtual de ahora existiera y, por tanto, no los considerara como parte de su gran red. La red también interroga sobre quiénes somos y cómo o cuánto somos capaces de recordar a medida que nos insertamos en ella y en su sentido actual de pertenencia social y colectiva.

Viajamos  virtual y narrativamente,  mezclando  significados que nos remiten a nuestros modos de recordar y de olvidar. No es la eterna búsqueda como laberinto irresoluble,  sino el valor de la búsqueda como parte del viaje lo que nos recuerda que la memoria intenta encontrarse allí donde puede y la dejan. Y cuando esto es posible, el entorno (tecnológico, afectivo, familiar, íntimo, social) también se modifica.
 Es este viaje entre lo específico familiar y lo genérico e impersonal del Google el que articula la experiencia de la búsqueda, es la puesta en cuestión del sentido de la memoria y de la memoria como sentido. Pueden recuperarse recuerdos queridos y reinsertarlos en la memoria colectiva para unir su singularidad a un momento complejo de la Historia de Cataluña, de España, de Internet.  Carrión nos recuerda que lejos de la fantasía de la totalidad, la red es parcial, cuando no parcializada, y como espacio de construcción de identidades (globales, locales, familiares, personales) nos define tanto como nosotros podemos hacerlo con ella. Es en esa compleja interacción donde nuestros recuerdos y nuestros modos de recordar aún siguen dialogando con una red virtual que, en principio, aparece cada día con más preguntas que respuestas sobre su cambiante y moldeable  identidad. 

Este meteorito ha caído para quedarse como huésped. A diferencia de Carrión, no había nada planificado, así que su llegada intempestiva terminó siendo un plan de apuntes, como estos. Falta por descubrir la prosa de Carrión en sus libros de viajes - me gustaría leer, por ejemplo, "Viaje contra Espacio. Juan Goytisolo y W.G. Sebald" o su "Mejor que ficción"-, pero mientras tanto, sus crónicas en la prensa y sus libros (en casa o en las bibliotecas de otros) permiten  irle dando un aire de familia al visitante inesperado; cada vez más huésped y, por ello mismo, más narrable.






















18 de noviembre de 2014

A resguardo (Nubes terrenales III)




 Condicionales
 I
 Algo falla
cuando la medida
va siendo
lo posible
enredado en sus pasos.

De mi  "si amaras"
respondiste  "si pudiera amar"
Por menos se estrella un pájaro contra una ventana.

De un anhelo
a una tristeza.
Algunas veces,
 frente a frente,
como réplicas mutuas.
Encontrarse en el medio de ellas,
saber situado
podría bastar
pero no es así.

II
Que la vida vaya colgando
de un si mañana, quizá, tal vez, la semana que viene
pásese, llámeme, a ver, quién sabe
envíeme, puede, no pierda la esperanza

Pero no me diga que viene herida de nada.
Aquí todo es posible pero, ahora mismo, está
enmarañado confuso extraviado.

No se ofusque.
Cualquiera tiene un mal día.
Sea paciente
y espere que los condicionales
hagan su trabajo.




Nubarrones

Antes decía "cielo encapotado"
Ahora ni digo.
Cuando quiero darme cuenta
que las palabras se van, se escapan, se olvidan
viene la lluvia
y sólo toca resguardarse, como esperando,
antes de que llegue el olvido
o la memoria necesitada de recuerdos.