21 de abril de 2016

Retazos de vida

"Juntas dos cosas que no se habían juntado antes. Y el mundo cambia. La gente quizá no lo advierta en el momento, pero no importa. El mundo ha cambiado, no obstante." Así empieza "Niveles de vida" (2014, Anagrama) de Julian Barnes. Todas las combinaciones son posibles solo si logramos detectar ua veta, una conexión que descubra sentidos o que  al menos permita resignificarlos y, en ese gesto, recuperar el aliento, recobrar algo de la razón que se diluye ante las sinrazones de las pérdidas o los dolores.

Veta: me recuerda cuando unas profesoras me contaron de un trabajo de campo sobre la vida de los mineros de El Callao; jóvenes que se entregaban a horas infinitas haciendo de topos. El día, la vida, todo podía cambiar si lograban encontrar ya no un poco de oro, sino la veta, como la líneas de la vida de esas paredes ajenas al sol y, por eso mismo, el espacio para sacar lo mejor de las sombras, aunque eso implicara dejarse la vida.

Dejarse la vida en tratar de abandonarla con dignidad fue la  combinación que surgió de golpe el día que vi "Truman" (2015)  de Cesc Gay y "Dallas Buyers Club" (2013)  de Jean-Marc Vallée. De todas las escenas de esta última,  la de la cámara de las mariposas es una de las abiertamente más simbólicas y sugerentes.  Ron Woodroof  traza,  sin saberlo,  la delgada veta que separa la vida y la muerte, su vida y la muerte de la entrañable Ryon, su propia muerte y la mejor vida que dejará a los pacientes y enfermos por el virus del VIH.


Podría decirse que la combinación entre ambas películas es obvia  puesto que  a través del tema de la enfermedad y la inminencia de la muerte  tanto Ron como Julián, en Truman, caminan hacia la muerte. Pero mientras Ron combate contra grandes corporaciones farmacéuticas que controlan las medicinas  en sí mismas tóxicas, Julián se va despidiendo de su entorno con  amabilidad y resignación de vértigo; normalmente, no aprendemos ni sabemos  cómo irnos, cuando somos conscientes del final,  porque pasamos media vida tratando de saber cómo quedarnos.


Y luego está el libro de Barnes sobre esas conexiones que va creando para contarnos sobre la dolorosa pérdida de su esposa, su duelo y su viudez con una prosa serena que desgrana  una intimidad que no por herida deja de ser acogedora.
Por eso los tres relatos me cautivaron;  lo sombrío no suele tardar en llegar cuando no sabemos qué hacer con la vida ni con la muerte. Pero cuando pienso  en estos relatos sobre  cómo  irse o de hacerlo de un modo menos violento que la causa que los expulsa de la vida, entonces, es cuando me animo a realizar conexiones de palabras y películas; algo de esa intimidad hecha más de retazos de vida que de jalones de muerte va marcando el camino hacia la salida de cualquier mina que se nos atraviese y nos encandile con sus prometedoras e inextricables vetas. 

20 de febrero de 2016

Olvidarse en el beso: notas sobre “Carol” de Todd Haynes






Hace pocos días, volví a toparme con los poemas de amor de Catulo que  “se me aparecen” desde las desordenadas líneas de  mis libretas, escritas sin rigor diarístico pero con afán iluso de registrar poemas que me gustan mucho.
De este encuentro subrayé el siguiente fragmento del poema 5, sacado del texto "Quince poemas de Catulo": 

“Dame mil besos, luego cien,
luego otros mil, cien más después,
y otra vez mil seguidos, y otros cien.
Y cuando hayamos sumado muchos miles
embrollaremos la cuenta para no saberla
y para que ningún malvado pueda aojarnos
si supiera que tanto nos besamos”
 (Traducción de Ramón Irigoyen, 1978)

Besarse, mucho, todo lo posible; luego confundir al otro y también envolverlo o, mejor aún,  confundirlo en las cuentas dándole oportunidad de sacarlas. Ejercer el olvido sobre lo besado para que el otro no sepa con exactitud dónde terminan  los besos y cuándo debería  mal-decirlos.
Mientras veía “Carol” recordé a este Catulo que hace tantísimos años ya nos advirtió de que si sumar besos siempre despierta sospechas,  una buena manera de zanjarlas es exponer la debilidad de sus argumentos. 
Mientras veía “Carol”, también  me preguntaba por qué entramos a su vida y a la de Theresa de la mano de un amigo inoportuno. Para qué escoger la espalda de un transeúnte que, luego, entra a su vez al restaurante de un hotel y desde allí  grita el nombre de Therese al reconocerla.
Parte de lo que me gustó del filme fue  contactar con el hecho de que la intimidad gestiona sus sentidos desde la interacción  con lo privado y lo público, sí, pero también  hay algunas intimidades, como las de Carol y Theresa, que son gritadas, insultadas y vociferadas por otros extraños que interrumpen  con una familiaridad invasiva. Es decir, Haynes nos hace partícipes del  encuentro con Theresa y Carol justo desde donde quiere plantear la historia de amor entre dos mujeres en los años 50: como público traído, distraído y entrometido al que es necesario aclararle algunas cosas.
Carol es la figura encargada de embrollar a todo aquél que esté sacando la cuenta de sus besos.  Lo hace poco a poco porque corre el riesgo de peder la custodia de su hija gracias a la mirada despechada y moralista de su ex marido. 
Theresa, por su parte, como incipiente fotógrafa que es, va descubriendo su propia mirada gracias a sus fotos. Éstas importan menos como objetivo de su mirada que como muestras desconocidas para sí misma de su modo de mirar al entorno. Claro que Carol es hermosa en sus fotografías pero éstas revelan más el proceso de búsqueda personal de Theresa que  la impresionante fuerza expresiva del rostro de Carol (¡bellísima,  Cate Blanche!).



Si al revelar las fotos, Theresa va encontrándose a sí misma, Carol, en cambio, antes que revelada es la reveladora.  ¿Sacan cuenta de sus besos con otra mujer? Entonces, es mejor tomar la boca, exponerla y así empezar a olvidarse en el beso, como dice el verso de Idea Vilariño en su poema “Cuando una boca suave boca dormida besa": 
(...) Es entonces, en la alta pasión, cuando el que besa
sabe ah, demasiado, sin tregua, y ve que ahora
el mundo le deviene un milagro lejano,
que le abren los labios aún hondos estíos,
que su conciencia abdica,
que está por fin él mismo olvidado en el beso (...)
y se estremece aún
lo que no es aire, el haz ardiente del cabello,
el terciopelo ahora de la voz, y, a veces,
la ilusión ya poblada de muertes en suspenso.



Ante la duda de si olvidarlo todo para evitar el chantaje y la presión familiar o seguir besando, Carol opta  por exponerse sin trampas –no sin desgarro en una de las mejores escenas del filme cuando se reúnen ella, su ya casi ex marido y sus abogados- para romper así la dicotomía beso/cuestionamiento y recentrar el problema: es necesario entender –nosotros los espectadores distraídos e impertinentes- que la intimidad puede ser pública (y cuestionada moralmente por los demás), pero que el problema más profundo radica en que es necesario intentar salvaguardar algo de dignidad incluso cuando ésta es justo el centro de la discusión.  Carol quiere olvidarse en los besos y no vivir ni  litigar  desde lo que estos suponen para los demás.  Tampoco quiere que lo hagan  su ex,  su hija y Theresa; que al menos ellos cuatro eviten el quedar  atrapados en los hechizos de la voz pública como fieros títeres y dolidas víctimas.  

"No hay mucha acción... un poco aburrida" fue lo que escuché de dos de las señoras sentadas a mi lado. Solo con lo primero estoy casi de acuerdo pero no es un defecto; todo lo contrario.    Haynes -como Highsmith en la novela- habla del amor como un lento devenir que se gana no por derecho sino con esfuerzo, sobre todo el de algunos que deben defender  las bocas, los besos y hasta las cuentas de los demás; pero también defenderse  del riesgo de diluirse en la pelea hasta convertirnos en espectadores  distraídos e impertienentes de nuestros propios relatos de vida.  Este tipo de acción, esta laboriosidad sobre el propio deseo -como los de Carol y Therese- no se rigen por el vértigo de la acción; creo que se hace más bien desde la acción sin vértigo alguno (alharaca, desazón, angustia, etc.). Se trata de quitarle peso a los gritos o las maldiciones más que de evitarlas.

La aparente lentitud del film -que no es lo mismo que  la falta de acción-  está conectada  con esa figura intrusa del inicio:  junto  a él llegamos a un momento  crucial de la vida de Carol y Theresa, pero no seremos tratados desde el grito o la invasión sino desde las sugerencias, los rincones de la casa, los umbrales, los cristales empañados o las  fotografías; es decir, desde los  recortes de espacios de transición hacia una nueva vida menos atada a esos embrollos  y más atenta al propio beso aunque eso suponga asumir una vida en suspenso, como también se sugiere en el poema de Vilariño.
Olvidarse en el beso es una conquista del espacio íntimo por muy público que quiera hacerse; en todo caso, lo público es un asunto de los demás y poco importa ya cuanto ruido genere.   Con "Carol" la alternativa  es la de comprender que la intimidad  de Carol y Theresa nos llega como recorte, como un estado parcial, intenso, fugaz, en proceso; gritarles, chantajearlas, excluirlas solo aumenta la condición intrusiva de los demás. Así no es posible dejar de ser   un espectador entrépito e injusto que es, creo, el regalo que nos deja "Carol". 









19 de noviembre de 2015

Mudanza


La desolación que sienten los delata. ¡Todos quietos! Dice uno por allá al ver el camión en la entrada. Se habían acostumbrado al solar abierto, a los chaparrones interminables y cerrados; corrían encantados mostrándose entre ellos sin máscaras, con sus manchas y sus ojazos enloquecidos a plena luz del día. Pero aquellos hombres del camión llevaban dos lunas llenas atiborrando el solar de cemento,  de plantas incomibles, de muebles pomposos. Tocará volver al ritual de siempre, pensaron  tan resignados como aturdidos. Siendo animales  inmemoriales, los camaleones aún no entendían por qué debían seguir simulando ser otros para sobrevivir.